Con al menos 1.345 muertos y más de 4.000 heridos –según el último recuento del Ministerio de Salud Pública– y más de un millón de desplazados forzados, Líbano redondea un mes desde que volvió a verse envuelto en una dolorosa cotidianeidad de muerte, destrucción y éxodo por los ataques de Israel, que justifica como una ofensiva contra Hezbolá.
Cuando el 2 de marzo pasado el partido-milicia chiita lanzó cohetes hacia el norte israelí en respuesta al asesinato del líder supremo de Irán, Alí Jamenei, abrió la puerta para que Israel reactivara con extrema violencia sus ataques contra Líbano, dinamitando un frágil cese al fuego que, de todos modos, el Estado hebreo violó múltiples veces desde su implementación en noviembre de 2024.
Más allá de haber prohibido las actividades militares de Hezbolá al inicio de esta nueva escalada, el gobierno libanés observa con impotencia cómo la organización chiita mantiene su pulso desigual con Israel, que aprovecha el contexto para avanzar también en sus planes de ocupar el sur de Líbano, hasta el río Litani, donde promete arrasar con las viviendas y establecer una «zona de seguridad», a 30 kilómetros de la línea fronteriza actual.
En un discurso televisado, este jueves 2 de abril, el primer ministro libanés Nawaf Salam señaló que Líbano «se ha convertido en víctima de una guerra cuyo desenlace y fecha de finalización son impredecibles», lo que «nos obliga a redoblar nuestros esfuerzos políticos y diplomáticos para detener las continuas violaciones de nuestra soberanía e integridad territorial».
En ese sentido, Salam advirtió que «las posturas de los funcionarios y las prácticas de su Ejército revelan objetivos de gran alcance», entre los que se incluyen «una expansión significativa de la ocupación del territorio libanés y peligrosas declaraciones sobre el establecimiento de zonas de amortiguación o cinturones de seguridad».
Además de apuntar contra Israel –que pretende continuar sus agresiones a Líbano, incluso si se declara un cese al fuego en Irán–, el primer ministro libanés también cargó contra Hezbolá. Sin mencionarlo directamente, cuestionó los ataques coordinados del partido-milicia chiita y la Guardia Revolucionaria iraní contra Israel porque refuerzan «la conexión» con la guerra en curso, en la que su país, dijo, no tiene «ningún interés nacional, ni directa ni indirectamente».
Del mismo modo, y frente al temor de que la decisión unilateral de Hezbolá de involucrar a Líbano en el conflicto derive en un potencial estallido de violencia interna, Salam pidió que la «fraternidad humana» prevalezca sobre cualquier resentimiento e instó a evitar la retórica del «odio» entre comunidades.
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El miedo de Salam no es infundado. Líbano, un país multiconfesional, tiene amplios antecedentes de sectarismo y enfrentamientos entre comunidades religiosas –principalmente, su sangrienta guerra civil entre 1975 y 1990– y, en esta nueva escalada, las tensiones se han visto reflejadas en la negativa de algunos grupos de recibir a las familias desplazadas, en su mayoría chiitas forzados a huir del sur de Líbano o de los suburbios de Beirut atacados por Israel.
Con más de un millón de desplazados forzados por órdenes de expulsión de Israel a una escala inédita –agencias humanitarias estiman que cubren el 15% del país–, la geografía de Beirut se ha transformado, con la aparición de enormes campamentos de tiendas de campaña en su paseo marítimo, o familias resguardándose como pueden en locales comerciales, mezquitas o en los vehículos que usaron para escapar de las zonas atacadas.
«Es horrible porque sentimos esta tensión, que no somos bienvenidos aquí», explicó a AP Noor Hussein, quien se instaló en la costa de la capital libanesa a inicios de marzo tras huir del Dahiyeh. «No queremos estar aquí. No tenemos nada y no tenemos a dónde ir», explica esta madre de tres.
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Mohammad al-Badran, sirio que huyó del sur de Beirut, aseguró que no tuvo más opción que dormir en el campamento improvisado de la capital luego de que él y su familia –esposa y cuatro hijos– fueran rechazados cuando buscaban refugio en una zona montañosa a las afueras de la capital. «El ruido es ensordecedor, los niños lloran y siento como si los misiles volaran sobre nosotros», indicó a Reuters.
Dalal Harb, portavoz de la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) en Líbano, advirtió que «la magnitud e intensidad» del éxodo forzado «no tienen precedentes» y que la cifra de un millón de desplazados es casi con seguridad una subestimación porque no incluye a quienes no se han registrado formalmente ante las autoridades del Ministerio de Asuntos Sociales.
La escala de la huida ha desbordado los esfuerzos del gobierno –que abrió refugios en cientos de escuelas o en el principal estadio deportivo de Beirut– y de las organizaciones benéficas, que ha transformado un matadero abandonado, destruido en la explosión del puerto de Beirut en 2020, en un dormitorio para casi mil personas forzadas a huir.
«Es relativamente nuevo que haya tanta gente pasando tiempo en estos espacios abiertos, gente muy vulnerable que vive en condiciones muy precarias», explicó a AP Mona Harb, profesora de estudios urbanos en la Universidad Americana de Beirut. «Uno tiene que enfrentarse a esto visualmente al ir y venir del trabajo, a la escuela. Y hay sentimientos encontrados y fuertes asociados con esta presencia no regulada».
La expansión de los campamentos precarios y la prolongación del conflicto agudizan los problemas. Algunos niños han manifestado la aparición de erupciones cutáneas; las lluvias recientes inundaron algunas tiendas; la semana pasada se registraron algunas peleas durante el reparto de donaciones traídas por voluntarios.
Y Dalal Harb, de ACNUR Líbano, alerta que la situación «será aún peor de lo que estamos viendo ahora» y que «las necesidades seguirán aumentando». «Es una catástrofe humanitaria inminente», sentenció.
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En el terreno, el conflicto no hace más que profundizarse. Las tropas israelíes mantienen su avance en el sur de Líbano –operación en la que han muerto diez soldados–, con algunos enfrentamientos con los combatientes de Hezbolá que se han mantenido en la zona.
En el área, además, cientos de civiles, muchos de aldeas cristianas, se han rehusado a dejar sus hogares y enfrentan un creciente aislamiento por la destrucción deliberada de puentes en bombardeos israelíes, que hace casi imposible el acceso a servicios médicos, suministros y contactos con familiares al otro lado del río Litani.
Sin embargo, existe entre ellos la determinación de no abandonar el área para intentar evitar, o al menos dificultar, la promesa del gobierno israelí de arrasar infraestructuras y viviendas «al estilo de Gaza«.
Por su lado, Hezbolá ha intensificado entre miércoles y jueves sus lanzamientos hacia el norte de Israel, coincidiendo con el primer día del Pésaj, la Pascua judía, obligando a cientos de miles a iniciar las celebraciones en refugios subterráneos. Los alrededor de 130 cohetes, según cifras del Ejército israelí, han causado cuatro heridos leves y daños en edificios.
Frente a estos últimos ataques, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, renovó sus amenazas a Hezbolá: le advirtió al líder del grupo, Naim Qassem, que «usted y sus amigos pagarán un precio muy alto por el aumento de los ataques contra ciudadanos israelíes mientras celebran la Noche del Séder, el éxodo del pueblo de Israel de Egipto, de la esclavitud a la libertad, y durante la Pascua judía».
«Los disparos no nos detendrán: el Comando del Frente Interior israelí es fuerte y las Fuerzas de Defensa de Israel son fuertes y decididas, y no habrá vuelta atrás (…) Sus patrocinadores en Irán han sido aplastados y no le servirán de nada contra el poderío de Israel», subrayó Katz, quien reiteró que echarán a Hezbolá del sur de Líbano y «erradicarán» su influencia en el país.
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Con AP, Reuters y EFE






