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El mundo camina hacia nueva repartición de zonas de influencia

sarmiento24h@gmail.combysarmiento24h@gmail.com
febrero 11, 2026
Reading Time: 5 mins read

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El autor es abogado. Reside en Miami.

POR JULIO MARTINEZ

En los últimos meses, el mapa de poder en el continente americano ha cambiado de forma abrupta y, sin embargo, el silencio de las grandes potencias resulta casi ensordecedor. Mientras Estados Unidos endurece su presencia política, económica y militar en Venezuela, Cuba y el entorno del Canal de Panamá, la reacción de China y Rusia es llamativamente contenida, muy lejos del tono de confrontación que habría predominado en plena Guerra Fría.

En el caso venezolano, la magnitud de los intereses chinos y rusos hace aún más sorprendente esta pasividad aparente. Durante años, China canalizó decenas de miles de millones de dólares en préstamos e inversiones hacia Venezuela, muchos de ellos respaldados por petróleo, mientras que Rusia se convirtió en uno de los principales proveedores de armamento y tecnología energética de Caracas.

Sin embargo, ante el endurecimiento del bloqueo estadounidense, la interceptación de buques y las operaciones de presión sobre el gobierno venezolano, la respuesta de Pekín y Moscú ha sido fundamentalmente retórica, sin gestos contundentes en el terreno militar o económico que alteren el equilibrio impuesto por Washington.

Cuba ocupa hoy el otro vértice de esta pinza geopolítica. Washington ha pasado de un embargo de larga data a una estrategia de estrangulamiento energético mucho más agresiva, que combina sanciones financieras, amenazas arancelarias y presión diplomática sobre cualquier país que se atreva a suministrar combustible a la isla. El resultado es un bloqueo petrolero de facto que se traduce en apagones prolongados, colas interminables para conseguir gasolina, caída del transporte público y un deterioro acelerado de servicios esenciales como la salud y el abastecimiento de alimentos.

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Riesgo 

La dimensión humanitaria de esta política empieza a ser inocultable. Organismos internacionales y organizaciones humanitarias advierten del riesgo de un colapso social si no se garantizan mínimos energéticos para hospitales, cadenas de frío y servicios básicos, mientras la Casa Blanca intenta compensar la imagen de asfixia con paquetes de ayuda selectiva que no modifican la estructura del bloqueo. La lógica es clara: castigar a cualquier actor que abastezca a Cuba, no solo a La Habana, elevando el costo político y económico de desafiar la línea marcada por Washington.

El mecanismo de presión no se limita al diseño de sanciones en despachos lejanos: la intensificación del seguimiento y abordaje de petroleros sancionados, tanto en el Caribe como en rutas más remotas, consolida un cerco marítimo que disuade a navieras, aseguradoras y bancos de participar en operaciones vinculadas a Cuba o Venezuela. Cada buque detenido, cada póliza anulada, envía un mensaje ejemplarizante a todo el sistema logístico global: comerciar con ciertos países puede convertirse en objetivo. Es una forma de guerra económica que sustituye cañones por cláusulas y amenazas legales.

La reacción rusa ante este endurecimiento ha sido, de nuevo, más declarativa que material. Moscú condena las medidas como “ilegítimas”, denuncia el uso de la energía como instrumento de presión y promete seguir suministrando crudo a Cuba en la medida de sus capacidades. Pero, más allá de algunos cargamentos puntuales y de la retórica de apoyo, no se ha visto una ruptura real del cerco: no hay escoltas militares visibles para los petroleros, ni se han producido respuestas que eleven de verdad el costo estratégico para Estados Unidos. Es una solidaridad medida, que cuida más de no escalar el conflicto global que de garantizar a toda costa el suministro a la isla.

Este patrón se repite en otros escenarios. En el Canal de Panamá, Estados Unidos ha dejado claro que considera inaceptable la consolidación de empresas chinas en terminales clave, y ha respaldado decisiones soberanas panameñas que resultan, en la práctica, favorables a su objetivo de reducir la presencia estratégica de Pekín en esa vía. China responde con advertencias sobre el impacto en la confianza inversora y sobre posibles represalias económicas, pero los analistas prevén una reacción limitada, más orientada a renegociar posiciones que a forzar una confrontación abierta en un punto neurálgico del comercio mundial.

Visto en conjunto —Venezuela, Cuba, Panamá—, el cuadro sugiere algo más que la simple correlación de fuerzas. Estados Unidos actúa con creciente agresividad en lo que históricamente ha considerado su esfera de influencia, utilizando sanciones financieras, bloqueos energéticos, presión sobre terceros países y control indirecto de rutas estratégicas.

China y Rusia, pese a tener intereses económicos simbólicos de enorme calado en esos mismos espacios, optan por una respuesta calculadamente moderada, que combina declaraciones de principio, algunos gestos puntuales de apoyo y mucha prudencia a la hora de asumir riesgos reales frente al poder militar y financiero estadounidense.

No hay tratado público ni cumbre que consagre un pacto de reparto, pero el comportamiento de las partes invita a pensar en líneas rojas tácitas: Washington no tolerará desafíos estructurales de potencias extra-hemisféricas en su “patio trasero”, y estas, a su vez, aceptan retroceder o limitar su reacción en América a cambio de preservar sus prioridades en otros tableros más determinantes para ellas, como Europa oriental o Asia-Pacífico. Es, en los hechos, una actualización silenciosa de la vieja lógica de zonas de influencia, adaptada al lenguaje de la globalización y los mercados financieros.

Para países como Cuba, Venezuela o Panamá, el coste de este juego entre gigantes es altísimo. Son escenarios de presiones cruzadas en los que sus poblaciones sufren escasez, inestabilidad y pérdida de margen de decisión, mientras las grandes potencias negocian sin reconocer abiertamente que lo hacen. La soberanía formal se mantiene; la soberanía material —capacidad real de decidir su modelo económico, sus alianzas y su política energética— se diluye bajo el peso de sanciones, bloqueos, condicionamientos crediticios y amenazas comerciales.

“Un acuerdo secreto que no se ve pero se nota” resume esa sensación de que el mundo camina hacia una nueva repartición de zonas de influencia, más sutil que la del siglo XX, pero igualmente efectiva para vaciar de contenido la autonomía de los Estados pequeños y medianos.

La gran incógnita es si esta arquitectura silenciosa traerá alguna forma de estabilidad —a costa de normalizar bloqueos que rozan lo humanitario— o si, por el contrario, sólo aplaza conflictos más graves mientras se afianza una lógica de asfixia económica como instrumento central de poder. En cualquiera de los dos casos, el precio lo seguirán pagando, sobre todo, quienes menos voz tienen en este reparto: los ciudadanos de las naciones que hoy se disputan en silencio.

jpm-am

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