
El impacto de la guerra en Medio Oriente no solo se mide en términos humanos, económicos y políticos, sino también ambientales. En menos de dos meses, los ataques entre Irán y la alianza de Israel y Estados Unidos han provocado un grave deterioro ecológico, desde mareas negras hasta la liberación de sustancias tóxicas en el aire. Esta crisis ya afecta la salud pública en toda la región y se perfila como una bomba de tiempo.
Aunque aún es difícil estimar con precisión el costo ecológico del conflicto, investigadores del Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (Ceobs) —una organización británica que ha cartografiado los ataques contra infraestructuras energéticas— estiman que se han emitido alrededor de 5 millones de toneladas de CO₂ durante las dos primeras semanas de enfrentamientos.
En el centro de las preocupaciones están las refinerías impactadas a ambos lados del estrecho de Ormuz. En ocasiones ubicadas cerca de zonas residenciales, estas instalaciones petroleras en llamas pueden provocar graves problemas respiratorios en la población. En una región clave para la producción de combustibles, las infraestructuras energéticas son numerosas y, por lo tanto, difíciles de proteger.
En Irán, los ataques contra refinerías y depósitos de combustible en Teherán han generado fugas de líquidos inflamables en las tuberías de la ciudad, provocando explosiones en distintas calles. Los habitantes de la capital han sido testigos de las densas columnas de humo que salen de las instalaciones afectadas por los bombardeos.
El estrecho de Ormuz tampoco ha quedado al margen. Sin embargo, el director del Ceobs, Doug Weir, considera que “la situación pudo haber sido peor”. Aun así, una marea negra de unos 20 kilómetros continúa expandiéndose frente al puerto de Bandar Abbas.
El buque portadrones iraní Shahid Bagheri, alcanzado el 28 de febrero por fuerzas estadounidenses, sigue filtrando combustible mientras permanece cerca de zonas marítimas protegidas.










