Lejos de los reflectores del Mundial 2026, el hambre persiste en el sur de Estados Unidos.
Robert y su esposa, un matrimonio de sexagenarios, acuden a un banco de alimentos en el pequeño condado de Perryville, en el estado de Arkansas, para aliviar la escasez de comida que padecen durante el verano de 2026. La directora de ‘Partners for Progress’ los asiste con varias bolsas que incluyen maíz, cebollas, pimientos, tomates, entre otros alimentos frescos, además de jabones y papel higiénico para mitigar la situación de pobreza en la que están inmersos.
Como este matrimonio, cerca de 700.000 arkansinos padecen de inseguridad alimentaria, lo que representa cerca del 30 % de la población adulta del estado.
Tras haber guardado las bolsas de ayuda humanitaria en el compartimiento de la vieja camioneta que conduce, Robert responde a la pregunta de por qué solicitan comida gratis: “Porque no tenemos nada, tenemos hambre, lo perdimos todo”. Sin más que añadir, Robert y su esposa abordan su vehículo y se alejan del lugar.
Solo este banco de alimentos en Perryville atiende a unas 200 familias cada mes, gracias a las donaciones de ciudadanos, iglesias locales y organizaciones sin ánimo de lucro. Sin embargo, extrañan la ayuda económica del Gobierno de Estados Unidos que, durante más de 30 años, recibieron para el desarrollo rural y que sufrió un recorte del 17 % debido a la política de austeridad de la segunda Administración de Donald Trump.
Vicki Gill, directora de ‘Partners for Progress’ lo matiza: “Lo que pasa cuando se hacen los recortes, como el sucedido con el de USDA -las siglas en inglés del Departamento de Agricultura de Estados Unidos-, nos afecta; la política mundial influye en lo que está pasando aquí, en el pequeño banco de alimentos de condado de Perry”.
Tras un año de la entrada en vigor de la ley tributaria y de gasto impulsada por Donald Trump, cerca de 5 millones de estadounidenses dejaron de percibir las ayudas del programa federal de asistencia alimentaria. Entre los estados más afectados se cuentan Arkansas, Mississippi y Texas, todos al sur de Estados Unidos.
La paradoja de la obesidad como consecuencia del hambre
A lo largo de las carreteras de Arkansas, desde el Delta hasta las montañas Ouachita y los manantiales de Hot Springs, se observan a lado y lado los famosos ‘Dollar General’, tiendas de conveniencia con altos descuentos que funcionan como minimercados para abastecer, entre otras cosas, de alimentos a los habitantes de las zonas rurales
Sin embargo, más allá de los ‘Dollar General’, que suelen vender alimentos ultraprocesados, los habitantes rurales no logran encontrar a distancias cortas mercados de alimentos frescos. Es todo un reto encontrar comida baja en sodio para aliviar la presión arterial o libre de gluten para impedir la inflamación intestinal en un radio de 15 millas a la redonda. Esto es lo que la Alianza para Aliviar el Hambre de Arkansas ha denominado como ‘desiertos de comida’.
Según Alex Hendrickson, el gerente del Programa de Sistemas Alimentarios de esta organización filantrópica, “es una contradicción porque Arkansas ocupa el primer lugar en inseguridad alimentaria y también está entre los cinco primeros del país en obesidad, así que a veces uno podría mirar a los arkansinos y decir: ‘Bueno, no tienen hambre, no tienen ningún problema para conseguir comida”.
De acuerdo con la Universidad de Arkansas, las tasas de obesidad exceden el 45 % en la población rural del estado, un grave problema de salud pública. La obesidad, definida por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades como un Índice de Masa Corporal (IMC) superior a 30 puntos, representa un camino pavimentado hacia enfermedades que pueden conducir a una muerte prematura como infartos, accidentes cerebrovasculares y diabetes.
Hendrickson advierte que los ‘desiertos de comida’ en Arkansas repercuten en la hambruna de los habitantes del estado ya que “no hay alimentos que sus cuerpos puedan asimilar, y entonces ingresan en el ciclo de los hábitos alimenticios poco saludables, porque no hay una tienda de abarrotes, pero tal vez haya un Sonic o un McDonald’s, que es comida fácil de conseguir, pero no es nutritiva ni saciante”.
Desde la Alianza para Aliviar el Hambre de Arkansas,en asocio con otras ONG como Heifer International, buscan producir alimentos frescos y ricos en nutrientes para abastecer bancos de alimentos locales como ‘Partners for Progress” o “Roland Food Crisis Closet”, para ayudar a las personas que no tienen qué comer o que no se alimentan de forma nutritiva, pero sin afectar negativamente la producción de los pequeños agricultores del estado que batallan por abrirse paso en el mercado que dominan las grandes industrias y supermercados.
Agricultura regenerativa y mercados para pequeños agricultores
Bajo un sol radiante y con temperaturas superiores a los 35 grados, Johnny Moore vende carne de cerdo en su pequeño puesto de un mercado de agricultores locales en Little Rock, la capital de Arkansas.
Cada sábado, Johnny tiene la posibilidad de comercializar la producción de su pequeña granja porcina Old River Farms, gracias a la iniciativa de varias organizaciones como Heifer International, quienes capacitan a los productores locales en técnicas de agricultura regenerativa para que puedan producir más comida de calidad que combata el hambre y la pobreza de forma sostenible.
“Es muy difícil comer local en Arkansas. Yo crecí en el Delta, donde tenemos una agricultura muy rica y abundante, pero todo lo que se cosecha se envía al mercado mundial de materias primas, allí se vende, lo que significa que los agricultores locales nos quedamos por fuera del negocio, más cuando bajan los precios mundiales, que además están totalmente fuera de control” sentencia Johnny.
Portando un sombrero de ala ancha, típico del sur estadounidense, Johnny revela que su carne de cerdo es muy sabrosa y saludable, libre de las prácticas asociadas a la producción porcina industrial, ya que atiende a cabalidad los principios de la agricultura regenerativa: “Yo muevo mis cerdos cada 7 o 14 días, entonces los cerdos pastan; aproximadamente el 40 por ciento de su dieta proviene de pastos silvestres, nueces, raíces, bayas y forraje, y, al desplazarse, generan las perturbaciones en el suelo que nuestros ecosistemas necesitan”.
Sin embargo, para productores locales como Johnny, el gran reto ha sido educar a la población de Arkansas y de otros estados del sur de Estados Unidos sobre la importancia de comprar alimentos a pequeños agricultores, quienes representan el 92 % del sector agrícola del país, en lugar de conseguirla en los grandes supermercados, como los Wallmart, a donde llega comida cultivada a gran escala que requiere obligadamente la fumigación de químicos, fertilizantes, plaguicidas y todo tipo de sintéticos nocivos para el suelo y la salud humana.
La paradoja es que los alimentos producidos de manera regenerativa por los agricultores locales y que se precian de ser más saludables y sabrosos terminan siendo más costosos que aquellos que se encuentran en las grandes superficies. Por ello, siguen siendo productos de nicho que escapan al alcance económico de las personas en situación de pobreza, precisamente las que más padecen la emergencia silenciosa del hambre estadounidense.











