Las olas de calor golpean con más fuerza a los pacientes con trastornos mentales

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Jeff Yoo trabajaba por las noches como urgenciólogo en Vancouver, Columbia Británica, cuando los meteorólogos empezaron a advertir de que se avecinaba una ola de calor. Yoo no le dio mucha importancia, pensando que el sol ya se habría puesto durante la mayor parte de su turno.

Cuando la ola de calor llegó el 25 de junio de 2021, se prolongó durante más de una semana y elevó las temperaturas de esta ciudad costera, normalmente templada, por encima de los 38°C. Incluso después del anochecer, alrededor de las 20:30, el calor apenas cedía. La sala de Urgencias de Yoo pronto comenzó a recibir una avalancha de pacientes para la que no estaba preparada.

Cuando la ola de calor alcanzó su punto máximo, las llamadas al 911 se duplicaron. No había suficientes camas, así que los paramédicos esperaban en los pasillos junto a pacientes en camillas, en vez de salir a atender nuevas emergencias. Esta situación se conoce como «bloqueo de camas». Yoo sintió la misma descarga de adrenalina que había experimentado durante las primeras olas de covid-19, pero nunca antes había atendido a tantos pacientes con problemas de salud relacionados con el calor. Para bajarles la temperatura, iba una y otra vez a la máquina de hielo de Urgencias. En un momento dado, pulsó el botón y solo escuchó un zumbido: se había acabado el hielo.

«¿Y ahora qué hacemos?»

Una noche, una ambulancia trajo a un hombre de mediana edad a urgencias. Lo habían encontrado inconsciente en la acera, achicharrándose bajo el sol del atardecer. Delirante y con un golpe de calor, no sabía en qué ciudad se encontraba ni en qué año estábamos. Estaba tan deshidratado que sus riñones empezaban a fallar, pero no dejaba de apartar el brazo bruscamente cuando el equipo de Yoo intentaba ponerle una vía intravenosa. Así que le sujetaron las muñecas y los tobillos con correas, lo cubrieron con bolsas de hielo y, finalmente, le insertaron un catéter para administrarle líquidos fríos directamente en la vejiga, lo que le estabilizó y le salvó la vida.

Hubo otra cosa que llamó la atención de Yoo sobre aquel hombre. Presentaba los mismos síntomas que muchos de los otros pacientes ingresados durante la ola de calor: los de la esquizofrenia.

El hospital de Yoo, St. Paul’s, atiende al barrio Downtown Eastside de Vancouver, una zona con algunos de los índices más altos de enfermedades mentales, adicciones y personas sin hogar en Canadá. Esta ubicación le brindó a Yoo una muestra concentrada de un fenómeno epidemiológico generalizado.

Se estima que las personas con esquizofrenia representan alrededor del 1% de la población mundial, pero constituyeron cerca del 16% de las más de 600 muertes por calor registradas en Columbia Británica durante esa semana. En la ola de calor que afectó Montreal en 2018, la proporción fue aún mayor: el 26% de las personas fallecidas tenía esquizofrenia.

La causa de estas muertes va más allá del estigma, el aislamiento social o la falta de una vivienda digna que suelen afectar a las personas con esquizofrenia, así como de síntomas como el pensamiento desorganizado, las percepciones alteradas o la paranoia. A todo ello se suman factores fisiológicos poco visibles y todavía mal comprendidos. El cuerpo de las personas con esquizofrenia, especialmente de quienes toman ciertos medicamentos, puede regular la temperatura de manera distinta. Por esta combinación de factores, los científicos empiezan a considerar que pocas enfermedades crónicas exponen tanto al riesgo de morir por causas relacionadas con el calor. De hecho, ninguna otra enfermedad crónica se le acerca ni remotamente.

Mucho antes de 2021, médicos de primera línea como Yoo sabían que el calor extremo ponía a las personas con esquizofrenia en un peligro especial. «Todos éramos muy conscientes de que estos pacientes iban a correr un mayor riesgo», afirma Yoo. Pero no fue hasta que los investigadores analizaron la ola de calor de Columbia Británica cuando se empezó a comprender mejor la verdadera magnitud del problema.

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