Julio César Pineda no tiene formación en búsqueda y salvamento. Ni siquiera tiene la complexión ni la edad para remover escombros, pero sus esfuerzos de los últimos días le han ganado un apodo más que elocuente: ‘Rescate’.
El hombre de 67 años, sobreviviente ya de dos terremotos, apenas mide 1,60 m. Es delgado y fibroso. No necesita más para ganarse la vida como tallador y artesano. Pero, por segunda vez en su vida, se ha convertido en un titán en la lucha por el objetivo de encontrar vida.
‘Rescate’ forma parte de los miles de voluntarios sin formación ni recursos que han decidido renunciar al descanso o dejar de preocuparse por su situación personal para ayudar en las horas más cruciales de la búsqueda.
A diferencia de Venezuela, donde la ayuda oficial tardó horas en llegar y hasta el momento sigue siendo insuficiente, en Colombia no ha faltado el personal calificado ni el despliegue de asistencia, pero eso no significa que estén de más las manos voluntarias, como las de ‘Rescate’.
La escena se ha repetido dos veces en la vida de este hombre. En 1999, su ciudad, Pereira, resultó bien librada de un terremoto que dejó más de 1.000 muertos en la vecina Armenia, pero él no dudó en recorrer los 46 kilómetros hasta allá para sumarse a las labores de búsqueda de sobrevivientes.
El 10 de agosto, la tragedia esta vez golpeó con más fuerza a Pereira. A su casa se le derrumbó una pared, mientras él, de nuevo, salía ileso, pero cuando vio que a su ciudad parecía que la habían bombardeado, volvió a ponerse su capa de héroe.
“Solo cogí unos guantes, cogí un casco, y a salvar vidas”, le digo a Reuters Pineda, a quien una menuda figura le permite entrar entre hierros retorcidos y pedazos de hormigón mejor que rescatistas más robustos. «No soy el tipo de hombre que hace cosas heroicas. Dios me pone a su disposición para intentar hacer un poco”.
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En Cali, ni Daiana Rojas ni su familia sufrieron daños durante el terremoto, pero confiesa que ver su ciudad destrozada le “rompe el corazón”, así que se ha sumado a las labores de rescate y ya ha visto salir de los escombros a dos personas con vida.
«No son familiares ni amigos míos, pero se siente como si lo fueran», le dijo Daniana a AP. «Siempre que los rescatadores piden silencio, todos se quedan quietos e intentan no moverse, hablar ni susurrar. Pero cuando se encuentran signos de vida, todos los equipos empiezan a aplaudir”.
Muchas manos en el caldo
Como ‘Rescate’ y Daiana hay miles, en muchas funciones distintas. Hombres y mujeres de todas las edades se han juntado en los centros de acopio de Bogotá, Medellín o incluso Cali, para recibir, clasificar y cargar suministros de ayuda humanitaria.
También en Cali, Mónica Mina, propietaria de un restaurante, se ha organizado junto a otros cocineros de la región para preparar al menos 1.000 comidas cada día para rescatistas, trabajadores sanitarios y voluntarios como ‘Rescate’.
Cerdo y huevos revueltos es un menú práctico, pero en cada ciudad la solidaridad se organiza como mejor puede. En Quibdó, los vecinos han comenzado a preparar ollas comunitarias, a las que los vecinos donan lo que pueden para mantener a raya el hambre mientras llega la ayuda, que ha comenzado a ser transportada por vía terrestre.
«Le pedimos al Gobierno que nos ayude con arena, cemento, varillas (de hierro) y bloques. La alimentación la resolvemos entre nosotros», le dijo a EFE Yerlin Perea, una mujer que perdió su casa, pero ya comienza a pensar en cómo edificar una nueva, mientras improvisa un comedor vecinal.
Un golpe al corazón de la salud pública
La zona de Cali que más sufrió los rigores del terremoto fue el sur de la ciudad, donde se concentra buena parte de la infraestructura sanitaria. Hospitales, clínicas, ambulatorios y otras instalaciones de salud quedaron en la primera línea del desastre.
Es el caso del Hospital Universitario del Valle (HUV). Una de sus torres, un edificio de seis pisos en el que estaban ubicados pabellones de hospitalización de pediatría y obstetricia, colapsó, obligando a los trabajadores a rápidas labores de evacuación, para poner a salvo a los pacientes.
«Cuando comenzó el terremoto pusimos en práctica lo que hemos aprendido: salvar vidas. Cada uno cogió pacientes y salimos, sin importar que estuviésemos en riesgo», le contó a EFE una trabajadora que pidió resguardar su nombre, como otros que declararon sobre el rápido operativo de desalojo.
«Lo primero fue sacar a los pacientes. No había tiempo para pensar en otra cosa. Había que evacuar y atender a quienes lo necesitaban», relató otro miembro del personal.
Unas 800 personas fueron sacadas del HUV y trasladadas, en principio, a los jardines del hospital, mientras se evaluaban otras áreas para su reubicación. Solo cinco, entre ellas un adolescente de 14 años, permanecen desaparecidas.
En Manizales, donde hay 182 personas heridas como consecuencia del terremoto, centenares hacen fila frente a los centros de salud, pero no para pedir atención, sino para donar sangre no solo a los afectados locales, sino a otros lesionados del eje cafetero en Pereira o incluso más allá, en Cali.
“Soy una privilegiada porque no me pasó nada ni a mí ni a mi familia, ni a gente cercana en el terremoto. Siento que hay mucho sufrimiento y tenemos que dar más», le comentó a EFE Marcela Vásquez, una de las donantes.
Con Reuters, EFE y AP












