Caminar por la Ciudad Colonial es recorrer siglos de acontecimientos.
Por José Bujosa Mieses
Hablar de turismo es también hablar de patria. Un pueblo que conoce su historia, preserva sus monumentos, protege sus paisajes y se siente orgulloso de sus tradiciones está defendiendo, al mismo tiempo, una de sus mayores riquezas: su identidad.

La República Dominicana posee condiciones privilegiadas para convertir el turismo en una verdadera expresión de patriotismo. Nuestra geografía reúne montañas, valles, ríos, playas, bosques y ciudades cargadas de historia. Pero junto a esas bellezas naturales existe otro patrimonio quizás todavía más importante: la memoria de un pueblo que ha luchado durante siglos por conquistar y preservar su libertad.
Conocer el país es una manera de aprender a quererlo.
No se puede amar plenamente aquello que se desconoce.
Por eso el turismo interno debería convertirse también en una gran escuela de ciudadanía. Cada dominicano debería tener la oportunidad de recorrer los lugares donde se escribió nuestra historia, conocer los pueblos donde nacieron nuestros héroes, visitar los escenarios de nuestras luchas libertarias y descubrir las costumbres que identifican a cada región del territorio nacional.
Santo Domingo, puerta de nuestra historia
Nuestra capital constituye uno de los mayores tesoros históricos y culturales del Caribe.
Caminar por la Ciudad Colonial es recorrer siglos de acontecimientos. Sus calles, fortalezas, iglesias, plazas y antiguas edificaciones conservan testimonios de diferentes etapas de nuestra historia.
Pero Santo Domingo no debe contemplarse únicamente como una ciudad de monumentos antiguos.
También es escenario de acontecimientos fundamentales de la vida republicana dominicana.
Sus calles fueron testigos de luchas políticas, movimientos sociales, jornadas estudiantiles y grandes acontecimientos nacionales. Aquí se vivieron momentos decisivos de la caída de la dictadura trujillista y, pocos años después, la ciudad se convirtió en escenario de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965.
Por eso recorrer Santo Domingo puede convertirse también en una ruta de la memoria nacional.
El visitante puede admirar sus monumentos coloniales, caminar por El Conde, recorrer el Parque Colón y la Plaza de España, observar las antiguas murallas y fortalezas y, al mismo tiempo, acercarse a los lugares donde generaciones de dominicanos defendieron sus ideales de libertad, democracia y soberanía.

Ese encuentro entre patrimonio, historia y memoria convierte el turismo en algo mucho más profundo que una simple actividad recreativa.
Las rutas del patriotismo
Nuestro país podría fortalecer todavía más un turismo histórico organizado alrededor de las grandes jornadas de la nacionalidad.
Existe, por ejemplo, la ruta de los Padres de la Patria.
San Francisco de Macorís, Santo Domingo, San Cristóbal y numerosos lugares vinculados a Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella conservan episodios fundamentales de la Independencia Nacional.
También está la extraordinaria historia de la Restauración de la República.
Santiago, Puerto Plata, Dajabón, Monte Cristi y numerosos pueblos del Cibao guardan recuerdos de aquellos hombres y mujeres que entre 1863 y 1865 lucharon para recuperar la soberanía dominicana.
Visitar esos lugares no debería ser solamente una excursión.
Debería ser una experiencia educativa.
Un joven que conozca los escenarios donde lucharon Gregorio Luperón, Gaspar Polanco, Santiago Rodríguez, Benito Monción y tantos otros restauradores comprenderá mejor el significado de las palabras independencia y soberanía.
Lo mismo podría hacerse con las rutas relacionadas con la resistencia contra las intervenciones extranjeras, la lucha contra la dictadura de Trujillo, las expediciones de Constanza, Maimón y Estero Hondo y la Revolución de Abril de 1965.
Cada uno de esos acontecimientos posee lugares, personajes e historias capaces de despertar interés entre dominicanos y extranjeros.
Turismo es también cultura
Pero la patria no vive únicamente en los campos de batalla ni en los monumentos.
Vive también en las costumbres.
Está en el merengue y la bachata; en el carnaval; en las fiestas patronales; en la artesanía; en la comida tradicional; en las décimas; en los refranes; en las procesiones religiosas; en las celebraciones populares y en las distintas maneras de hablar y vivir que encontramos al recorrer nuestras provincias.
Está en el sancocho, el mangú, los pasteles en hoja, el casabe y las múltiples expresiones de nuestra cocina.
Está en los mercados, en las plazas, en las casas antiguas, en los campos sembrados y en las pequeñas comunidades donde todavía sobreviven tradiciones transmitidas de generación en generación.
Cuando un turista conoce esas manifestaciones no está simplemente consumiendo un producto turístico.
Está entrando en contacto con el alma de un pueblo.
Por eso preservar nuestras tradiciones constituye también un acto de patriotismo.
Del Pico Duarte al mar Caribe
La República Dominicana ofrece una diversidad geográfica extraordinaria.
Tenemos el Pico Duarte, la mayor altura de las Antillas; el Lago Enriquillo; extensos valles agrícolas; parques nacionales; reservas naturales; grandes sistemas montañosos y centenares de kilómetros de costas.
Tenemos las playas de Puerto Plata, Samaná, María Trinidad Sánchez, La Altagracia, San Pedro de Macorís, Barahona, Pedernales y muchas otras provincias.
Pero el desarrollo turístico debe procurar que esas riquezas permanezcan para las futuras generaciones.
No puede existir verdadero patriotismo si destruimos los recursos naturales que heredamos.
Proteger los ríos, las playas, los bosques, las montañas y la biodiversidad es también defender la patria.
El turismo responsable debe producir bienestar económico sin destruir aquello que precisamente atrae al visitante.
El turismo interno y el conocimiento del país
Durante mucho tiempo numerosos dominicanos han conocido primero ciudades extranjeras antes que muchos pueblos de su propio país.
Eso debería cambiar.
Conocer la República Dominicana tendría que convertirse en parte de la educación de nuestros jóvenes.
Las escuelas podrían impulsar excursiones históricas y culturales que permitieran conocer no solamente museos y monumentos, sino también comunidades rurales, parques nacionales, zonas arqueológicas y lugares relacionados con las grandes gestas nacionales.
Viajar por el país ayuda también a romper prejuicios regionales.
El dominicano del Sur descubre la riqueza cultural del Cibao; el cibaeño conoce las tradiciones del Este; el capitaleño descubre comunidades fronterizas y pueblos que muchas veces solamente conoce por referencias.
Entonces comenzamos a comprender que la República Dominicana es mucho más grande y diversa de lo que vemos desde nuestra propia ciudad.
Nuestros héroes también pueden formar parte del turismo cultural
Los países que valoran su historia han convertido muchos lugares asociados con sus grandes personalidades en centros culturales y educativos.
La República Dominicana tiene suficientes figuras para crear importantes rutas históricas.
Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Máximo Gómez, Gregorio Urbano Gilbert, las Hermanas Mirabal, Manolo Tavárez Justo, Francisco Alberto Caamaño Deñó y muchas otras figuras pertenecen a diferentes capítulos de nuestra historia.
Sus casas, lugares de nacimiento, escenarios de lucha, monumentos y museos pueden ayudar a transmitir su legado.
No se trata de convertir la historia en espectáculo.
Se trata de hacerla accesible.
Porque cuando una nueva generación puede caminar por los mismos lugares donde ocurrieron acontecimientos que antes solamente conocía por un libro, la historia adquiere otra dimensión.
El turista debe llevarse una historia
Durante décadas se ha vendido internacionalmente la imagen de la República Dominicana principalmente mediante el sol y la playa.
Ese patrimonio es extraordinario y debe continuar siendo una de nuestras fortalezas.
Pero tenemos mucho más que mostrar.
Quien visite nuestro país debería regresar a su hogar hablando también de Santo Domingo y sus siglos de historia; de las luchas por la independencia; de la Restauración; de nuestras montañas; del merengue; de la bachata; de nuestros escritores y artistas; de la gastronomía; de la hospitalidad de nuestra gente y de la historia de resistencia de un pequeño territorio que durante siglos defendió su derecho a existir como nación.
El visitante debería llevarse fotografías.
Pero también una historia que contar.
Conocer, preservar y amar
El patriotismo no puede limitarse a levantar la bandera durante las fechas nacionales.
Es también cuidar una plaza, respetar un monumento, proteger una playa, preservar una casa histórica, mantener limpia una ciudad y enseñar a nuestros hijos quiénes fueron los hombres y mujeres que ayudaron a construir la nación.
Patriotismo es conocer la patria.
Turismo es recorrerla.
Cultura es comprenderla.
Y educación es aprender a preservarla.
Cuando esas cuatro dimensiones se encuentran, viajar deja de ser solamente trasladarse de un lugar a otro y se convierte en una experiencia de identidad.
Tenemos un país hermoso.
Pero su mayor belleza no se encuentra únicamente en sus playas, montañas o monumentos.
Está también en la historia de su pueblo.
Una historia construida con sacrificios, luchas, esperanzas, derrotas y victorias.
Por eso debemos invitar tanto al extranjero como al dominicano a recorrer esta tierra con otros ojos.
Que contemple sus paisajes, pero que también conozca sus héroes.
Que disfrute sus playas, pero que también camine por los lugares donde se defendió la soberanía nacional.
Que escuche nuestra música, pruebe nuestra comida, conozca nuestras tradiciones y converse con nuestra gente.
Porque el mejor turismo es aquel que deja conocimientos además de recuerdos.
Y quizás una de las formas más hermosas de patriotismo sea precisamente esa:












