
Los especialistas subrayan que sus hallazgos no permiten determinar de manera concluyente una relación de causa y efecto. Precisan que solo indican una asociación entre el uso excesivo de plataformas digitales y ciertas afecciones o beneficios. Además, reconocen que el metaanálisis tiene algunas limitaciones.
No existe una relación causal confirmada, pero es momento de actuar
Los autores enfatizan que, hasta el momento, no existe una definición uniforme de “uso problemático”. Diferentes investigaciones pueden utilizar criterios distintos para determinar cuándo el uso digital se convierte en un problema, lo que dificulta comparar los resultados y saber con precisión qué tipo de comportamiento representa el mayor riesgo.
Añaden que la evidencia disponible analizada corresponde principalmente a estudios transversales que solo examinan el comportamiento de las personas en un momento determinado, sin seguimiento a largo plazo. Además, en la mayoría de los casos, los datos provienen de autorreportes de usuarios que, en su mayoría, residen en países desarrollados. De los estudios analizados, menos del 5% se enfocaron en poblaciones de naciones de ingresos medios y bajos.
El equipo también integró las opiniones de un grupo asesor juvenil compuesto por seis adultos jóvenes (entre 23 y 30 años), quienes consideraron que el análisis no abordó con suficiente rigor aspectos como el funcionamiento de los algoritmos, el protagonismo actual de las herramientas de IA, la autonomía de los jóvenes para decidir cómo utilizan las plataformas, los usos beneficiosos de la tecnología y la manera desigual en que se distribuyen los posibles riesgos.
Pese a las limitaciones, una de las aportaciones más destacadas del análisis publicado en The Lancet este mes es que concluye que los peligros asociados con el uso excesivo de los medios digitales no dependen solo de las decisiones individuales de los usuarios. “Las experiencias digitales de los jóvenes están determinadas por una configuración específica de incentivos comerciales, gobernanza débil, diseño persuasivo e infraestructuras mediadas digitalmente que influyen en cómo se generan los riesgos y se produce la evidencia sobre ellos”, aseguran los autores.
Por tanto, a su juicio, el uso de medios digitales entre niños y jóvenes debe entenderse como un problema relevante de salud pública, que debe ser atendido con medidas preventivas desde ahora, a pesar de no tener una certeza causal absoluta.
Los especialistas consideran necesario establecer reformas estructurales que trasladen parte de la responsabilidad de mitigación que ahora recae en los usuarios hacia las empresas tecnológicas, los gobiernos y las instituciones que diseñan y regulan este ecosistema.
Ilona Kickbusch, directora del Laboratorio de Transformaciones Digitales para la Salud de Ginebra y coordinadora de la iniciativa de The Lancet, señala, en una declaración retomada por La Vanguardia, que “los gobiernos han permitido que las empresas tecnológicas establezcan sus propias normas, lo que ha dado lugar a modelos de negocio diseñados para captar la atención y recopilar datos, relegando la salud a un segundo plano”.
Los expertos agregan que, aunque las campañas de alfabetización digital son útiles, resultan insuficientes ante el diseño adictivo que se ha documentado en diversas redes sociales y servicios digitales.
En este contexto, los autores recomiendan, por ejemplo, otorgar mayor acceso a los investigadores a los datos de las plataformas para estudiar sus efectos, desarrollar formas más precisas de medir qué hacen realmente los jóvenes con sus dispositivos y replantear el funcionamiento del entorno digital.
Tomar acciones al respecto es considerado prioritario por los investigadores, quienes reiteran que “las capacidades de las tecnologías digitales seguirán evolucionando, impulsadas por el interés empresarial en ser los primeros en asegurar los nuevos mercados que surjan con los nuevos productos y servicios digitales. Los países de todo el mundo continuarán actuando para proteger sus intereses nacionales mediante el desarrollo y la industria digital. En última instancia, la salud pública deberá evolucionar sustancialmente para fortalecer su capacidad para abordar y gestionar los efectos [del entorno digital] en la salud humana y planetaria”.














