De un huerto a la Luna: a 100 años de la «ridícula idea» que sigue impulsando los cohetes
El 16 de marzo de 1926, en un huerto de Auburn, Massachusetts, el silencio de una fría mañana de New England se vio roto por un estruendo que haría historia, aunque pocos en aquel momento se dieran cuenta de ello. Ese día, un profesor de física llamado Robert Goddard había decidido probar un invento que le había costado años de trabajo: un pequeño cohete cariñosamente apodado «Nell», tan largo como un brazo humano e impulsado, algo inaudito en aquella época, por propulsante líquido. La prueba resultó un éxito: aunque Nell se elevó apenas 14 metros sobre el suelo, fueron los primeros 14 metros recorridos con un sistema de propulsión que en el futuro permitiría a la especie humana cruzar distancias «siderales», hasta la Luna y más allá. 100 años después de aquel primer vuelo que marcó una época, repasamos la historia del invento que cambiaría para siempre la historia de la exploración espacial.
Desde niño soñaba con el espacio
La obsesión de Goddard por los cohetes había comenzado de niño, una mañana en la que miró al cielo mientras trepaba a un cerezo y se imaginó surcando el espacio en una gran máquina voladora, rumbo a Marte. Una vez licenciado, se dedicó en cuerpo y alma a su pasión, trabajando en el diseño de un motor que superara las limitaciones de los cohetes de combustible sólido, que existían desde hacía siglos pero no permitían regular el empuje una vez lanzados, y eran inadecuados para uso extraatmosférico por su insuficiente densidad energética para elevar cargas pesadas más allá de la gravedad planetaria.
La solución que encontró Goddard fue un nuevo tipo de motor: un motor de propulsión líquida, alimentado con gasolina y oxígeno líquido, que ofrecía una mayor densidad energética y, lo más importante, la capacidad de variar el flujo de combustible mediante bombas y válvulas. No era el único que trabajaba en una solución tecnológica de este tipo, pero el profesor estadounidense fue el primero en lograr que funcionara. El 16 de marzo de 1926, su «Nell» voló durante poco menos de 3 segundos, ascendiendo 14 metros a unos 100 kilómetros por hora, antes de estrellarse en un campo no muy lejos de la finca de la tía Effie. Y a partir de entonces, el mundo de los cohetes nunca volvería a ser el mismo.
La historia de una idea
No todo el mundo comprendió inmediatamente el logro de Goddard, más bien al contrario. Tras la primera prueba, el único periódico que cubrió la noticia le dedicó una escueta reseña: «El primer vuelo de un cohete de propulsión líquida se realizó ayer en el huerto de la tía Effie». En 1929, un periódico local de Worcester tituló en su lugar, irónicamente: «El cohete lunar falla el objetivo por solo 238,799 millas». Y en 1920, The New York Times había dedicado un editorial a los trabajos de Goddard titulado «Strains credulity» (Pon a prueba la credulidad), en el que tachaba de imposible el lanzamiento de un cohete fuera de la atmósfera porque, en ausencia de oxígeno, el propulsor dejaría de arder, acusando al físico de no conocer siquiera los fundamentos de la física que se enseña en la escuela secundaria (el editorialista estaba obviamente equivocado, porque los motores de combustible líquido llevan el ‘oxidante’, oxígeno líquido en este caso, que se mezcla con el combustible durante el funcionamiento).
En los años siguientes, Goddard continuó trabajando en sus cohetes, sin recibir un reconocimiento especial en su país. Sin embargo, su tecnología llegó al otro lado del Atlántico, donde fue comprendida y valorada, hasta el punto de convertirse en el núcleo del programa de cohetes alemán durante la Segunda Guerra Mundial. El salto técnico desde los pequeños prototipos Auburn hasta monstruos de acero como los V-2 nazis fue brutal y se aceleró por la necesidad de la guerra, pero sentó las bases de la ciencia de los cohetes del siglo XX. Tras el conflicto, los cohetes de combustible líquido (si bien conservaron su nueva vocación bélica, posibilitando el desarrollo de los primeros misiles balísticos intercontinentales) finalmente volvieron al uso previsto por su inventor: la exploración espacial.
A la Luna y más allá
Los cohetes de combustible líquido se perfeccionaron con fines militares, pero también posibilitaron enormes logros civiles, como el lanzamiento de los primeros satélites. En 1969, la NASA los utilizó para alcanzar uno de los mayores hitos de la historia de la humanidad: el cohete Saturn V, que llevó a la tripulación del Apolo 11 al espacio, funcionaba con combustible líquido. Hoy, un siglo después, la arquitectura de los sistemas de lanzamiento no ha cambiado radicalmente. A pesar del desarrollo de motores iónicos para el espacio profundo y la experimentación con tecnologías nucleares térmicas y otras tecnologías futuristas, la propulsión química con combustible líquido sigue siendo el estándar para abandonar la Tierra.
Las misiones actuales del programa Artemis, así como los prototipos destinados a Marte, utilizan variantes avanzadas del mismo principio probado en Massachusetts: oxígeno líquido combinado con hidrógeno o metano (más eficiente que la gasolina de Goddard). Incluso la precisión requerida para los aterrizajes verticales en los cohetes reutilizables modernos es resultado directo de las tecnologías que Goddard desarrolló para modular el flujo de líquido en sus motores. Cien años después, nuestra capacidad para operar más allá de la órbita terrestre baja aún depende de la gestión de esos flujos de oxígeno criogénico imaginados en un huerto en 1926.
Artículo originalmente publicado en WIRED Italia. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.



