Opinion

Trump y el momento octaviano del orden global

Trump y el momento octaviano del orden global
  • Publishedenero 27, 2026

Por Rafael Guerrero Peralta

La historia no se repite de manera mecánica, pero sí rima con una persistencia inquietante. Cuando Julio César fue asesinado en el Senado romano, el crimen fue justificado en nombre de la libertad y de la defensa de la República. Con el paso del tiempo quedó claro que aquella traición no buscaba salvar a Roma, sino preservar los privilegios de una élite senatorial que había perdido el control del curso histórico. El resultado no fue la restauración del orden republicano, sino el caos, la guerra civil y la descomposición institucional.

De ese colapso emergió Octavio Augusto. Joven, subestimado y sin el aura épica de su padre adoptivo, comprendió algo esencial: La República ya no podía sostenerse en las mismas estructuras que la habían vaciado de legitimidad. Su proyecto no fue la nostalgia, sino la reconstrucción del orden. Castigó a los responsables del crimen, desmontó a la oligarquía que se había beneficiado del caos y edificó una nueva arquitectura de poder. No salvó la República clásica, pero salvó a Roma del derrumbe definitivo.

Nuestro tiempo atraviesa un dilema similar. El mundo contemporáneo vive una crisis profunda de legitimidad institucional. Europa exhibe estructuras sofisticadas pero agotadas; Rusia impone orden desde la vertical del poder; Oriente Medio permanece atrapado en una guerra permanente; y Estados Unidos enfrenta una fractura entre una élite burocrática enquistada y una ciudadanía que percibe que el contrato social ha sido erosionado durante décadas.

Es en ese contexto donde la figura del presidente Donald Trump adquiere un valor estratégico comparable (no idéntico, pero sí estructural) al de Octavio en su momento histórico. Trump no surge del consenso de las élites tradicionales, sino del rechazo popular a un sistema percibido como hipócrita, selectivo y funcional a intereses cerrados. Su discurso y su estilo generan incomodidad precisamente porque desafían un orden institucional que muchos consideran agotado.

Como ocurrió en Roma, las élites responden con un lenguaje moralizante: defensa de la República, de las normas, de la institucionalidad. Sin embargo, amplios sectores sociales perciben que esas mismas normas han sido utilizadas para administrar privilegios, excluir a las mayorías y neutralizar cualquier intento de reforma estructural. Trump encarna así, para sus seguidores, no la certeza del nuevo orden, sino la promesa de desmontar el viejo.

América Latina es el escenario donde este dilema se vuelve más urgente. La región enfrenta un colapso sistémico de legitimidad. Venezuela representa la captura total del Estado por una élite político-militar-criminal; El Salvador plantea el debate entre seguridad y concentración de poder; Colombia oscila entre discursos de paz y realidades armadas; Ecuador evidencia la fragilidad estatal frente al narcotráfico; México normaliza la violencia territorial; la República Dominicana enfrenta presiones crecientes del crimen transnacional; y Haití encarna el colapso absoluto del Estado.

En este contexto hemisférico, el enfoque estratégico impulsado por Trump (basado en confrontar estructuras criminales, redefinir alianzas y priorizar el orden) encuentra eco en sectores que consideran agotado el multilateralismo retórico y la diplomacia sin resultados. Como Octavio, el desafío no es la ruptura en sí misma, sino lo que se construye después.

La lección histórica es clara: la venganza sin arquitectura institucional conduce al vacío, y el orden sin legitimidad degenera en dominación. El mundo parece situado en un momento pre-octaviano. Las viejas estructuras ya no convencen, pero las nuevas aún no han sido plenamente diseñadas. La pregunta decisiva no es si el cambio llegará, sino si será capaz de producir un orden más justo, funcional y legítimo, o si repetiremos el ciclo de traiciones morales, caos y corrupción que precede a los grandes colapsos históricos.

Dr. Rafael Guerrero Peralta