Estados Unidos como riesgo sistémico global (OPINION)
Por Juan Temístocles Montás
Eurasia Group es considerada la principal firma de investigación y consultoría en riesgo político a nivel mundial. Fundada en 1998 y presidida por Ian Bremmer, la firma elabora anualmente su informe de riesgos globales, conocido como Top Risks. El Top Risks 2026, publicado el 5 de enero, plantea que este año estará marcado por una elevada incertidumbre internacional, no tanto por la inminencia de una “gran guerra” entre potencias, sino porque Estados Unidos se está convirtiendo en el principal generador de riesgo sistémico global.
El primer riesgo identificado por Eurasia Group para 2026 es una revolución política en Estados Unidos. El informe advierte que el presidente Trump intentaría debilitar los contrapesos institucionales, capturar segmentos clave de la maquinaria estatal y utilizar el aparato del Estado contra adversarios políticos, con efectos directos sobre aliados, mercados y la previsibilidad del sistema internacional. Eurasia subraya que ya no puede afirmarse con certeza “qué tipo de sistema político” tendrá Estados Unidos al final de este proceso.
Estas advertencias adquieren mayor fuerza al cumplirse el primer aniversario del segundo gobierno de Trump. Lo que este primer año revela no es simplemente un estilo de liderazgo particular, sino una redefinición más profunda del lugar de Estados Unidos tanto en su propio orden político interno como en el sistema internacional.
Desde un punto de vista estrictamente institucional, la democracia estadounidense sigue en pie. Sin embargo, el balance democrático del primer año resulta claramente negativo en términos normativos. La retórica presidencial ha cuestionado de forma recurrente principios esenciales de la democracia liberal: la aceptación de la legitimidad del adversario político, el respeto a la prensa como contrapoder y la confianza en la integridad de los procesos electorales. El Ejecutivo ha privilegiado la confrontación sobre el consenso, reforzando una lógica plebiscitaria en la que “el pueblo” se identifica con una sola corriente política, excluyendo a los demás.
Aunque la democracia se mantiene, sí se ha producido una degradación cualitativa del sistema: disminución de la confianza pública, creciente politización de las instituciones y una erosión progresiva de normas informales que durante décadas sostuvieron la estabilidad del régimen estadounidense.
Criterio clave para evaluar el primer año del segundo gobierno de Trump es si ha contribuido a reducir la polarización que fractura a la sociedad estadounidense. La respuesta es inequívoca: la polarización no solo persiste, se ha profundizado. Lejos de promover una narrativa de reconciliación nacional, el discurso presidencial continúa estructurándose en términos de “nosotros contra ellos”: élites frente a pueblo, estados “leales” frente a estados “hostiles”, medios “patrióticos” frente a medios “enemigos”.
Las consecuencias de esta dinámica son visibles y preocupantes: aumento de la desconfianza entre grupos sociales, radicalización del debate público y normalización del conflicto político.
A nivel internacional, el giro resulta aún más evidente. Estados Unidos ha reducido de manera significativa su compromiso con el multilateralismo clásico. Alianzas históricas han sido gestionadas bajo una lógica marcadamente transaccional, en la que la cooperación se subordina al beneficio inmediato percibido por Washington.
Esto ha provocado un deterioro de la confianza entre los aliados tradicionales, que ya no perciben a Estados Unidos como un garante predecible del orden internacional. Al mismo tiempo, se ha normalizado el unilateralismo, se ha reducido el poder blando estadounidense y se ha consolidado la percepción de Estados Unidos como un actor disruptivo, en plena consonancia con lo expresado por Eurasia Group.
El balance global del primer año sugiere que el mundo es hoy más incierto. En lugar de reglas claras, predomina la lógica del poder; en lugar de instituciones compartidas, la negociación ad hoc; en lugar de previsibilidad, la sorpresa estratégica. Si bien Estados Unidos sigue siendo el actor más influyente del sistema internacional, ahora lo es de una manera que incrementa la volatilidad global.
Este primer año de gobierno no representa una simple alternancia política. Marca la consolidación de una tendencia histórica: Estados Unidos ya no es ancla del sistema liberal internacional, sino uno de los principales factores de su transformación. Para el mundo —y especialmente para los países pequeños y medianos— esta es una señal inquietante: entramos en una etapa en la que el poder pesa más que las reglas, y en la que la estabilidad dependerá menos de instituciones compartidas y más de la capacidad de navegar un entorno crecientemente imprevisible.
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