Opinion

¿Justicia o puerta giratoria?

¿Justicia o puerta giratoria?
  • Publisheddiciembre 23, 2025

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La autora es periodista. Reside en Santo Domingo Norte.

POR YANET GIRON

La seguridad ciudadana no se mide por la cantidad de arrestos, sino por la

efectividad de las condenas. Hoy, el sistema judicial parece una «puerta

giratoria» que devuelve criminales a las calles con una rapidez alarmante.

Esta falla sistémica ignora la peligrosidad del reincidente, priorizando

tecnicismos legales por encima de la integridad del ciudadano honesto.

Esta realidad ha destruido la confianza en las instituciones. Las personas

viven con la certeza de que el delincuente que lo asaltó hoy, estará libre

mañana tras pagar una fianza irrisoria. Se siente una desprotección crónica

que rompe el contrato social; cuando el Estado no garantiza justicia, la

ciudadanía queda huérfana y sumida en un miedo constante.

Ante este vacío de autoridad, surge un peligro mayor: la tentación de la

justicia por mano propia. Al ver que los criminales entran y salen de las cárceles con total impunidad, el pueblo desespera. Es la respuesta natural,  aunque peligrosa, de una sociedad que ya no cree que sus leyes la protejan

de los depredadores urbanos de manera efectiva.

La reincidencia es la prueba del fracaso judicial. Resulta incomprensible

que individuos con historiales delictivos extensos obtengan beneficios

procesales con facilidad pasmosa. Esta flexibilidad no es justicia, es una

complicidad institucional que envía un mensaje claro al delincuente: en este

país, violar la ley sale barato y el castigo es meramente irrisorio.

Revisión

El tratamiento hacia la delincuencia juvenil también requiere una revisión

urgente. Bajo el escudo de la minoría de edad, se cometen actos atroces con

sanciones simbólicas que no rehabilitan. La ley, en su intento de proteger

al menor, termina desprotegiendo a la sociedad que sufre crímenes que

quedan prácticamente impunes ante la mirada de todos.

Mientras el agresor goza de beneficios, la víctima vive bajo el yugo de las

secuelas. Es profundamente injusto que el esfuerzo de toda una vida sea

arrebatado por quien hizo del robo su oficio. La prioridad del Estado debe

ser, sin matices, proteger a quien construye con su sudor y no a quien

destruye la convivencia pacífica por elección propia.

Existe una paradoja en la vida del criminal que busca el camino «fácil».

A pesar de sus robos, suelen terminar demacrados y estancados en la miseria.

El delito no construye futuro ni bienestar; solo degrada la dignidad del

individuo y lo condena a una decadencia que, lamentablemente, arrastra a

víctimas inocentes en su paso destructivo.

La responsabilidad también recae en el entorno familiar que encubre y en el

ciudadano que compra objetos robados. Quien esconde a un criminal o adquiere

lo ajeno sabiendo su origen, es un cómplice directo de la violencia. Sin un

mercado que consuma lo hurtado, el incentivo para el asalto disminuiría

drásticamente por falta de beneficio económico.

Es urgente reformar las leyes para que la reincidencia signifique severidad

absoluta. La cárcel debe ser un lugar de sanción real y no una breve pausa

entre delitos. Necesitamos jueces que miren la realidad de nuestras calles

y legisladores que prioricen la seguridad pública sobre los garantismos que

solo favorecen al infractor sistemático y violento.

Solo cerrando la puerta giratoria recuperaremos la paz. La firmeza es

necesaria para evitar que la ciudadanía, cansada de esperar, decida actuar

por su cuenta. Es hora de que el castigo sea, finalmente, proporcional al

daño causado y que la ley vuelva a ser el escudo de la gente de bien y no

el refugio de los malhechores.

jpm-am

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