Omar y Leonel, una verdad incómoda (OPINION)
Hay verdades que incomodan, no porque sean falsas, sino porque derrumban mitos. Una de ellas es que Omar Fernández, a sus treinta y tantos años, ha acumulado más experiencia institucional, legislativa y política que su padre Leonel.
Antes de explicar lo que opino, quiero preguntar: ¿Qué culpa tiene él de ser hijo de Leonel? Al contrario, ambos deben sentirse orgullosos el uno del otro. Balaguer tuvo hijos, Juan Bosch, Peña Gómez, Hipólito Mejía. Y Qué. Cual es el problema.
La comparación no es una ofensa, es una constatación. En un país donde la herencia política pesa más que el mérito, que un hijo supere al padre es casi una transgresión. Llegamos tan lejos que como imán atrae a los enemigos.
Leonel Fernández, en 1996, llegaba a la presidencia como un desconocido del sistema. No había sido regidor, ni diputado, ni senador. Su paso por la vida pública era escaso, difuso, más ligado al discurso que al terreno. Su ascenso fue meteórico, sí, pero sin estaciones previas. No gobernaba con experiencia, sino con teoría. No tenía cicatrices del Congreso, ni heridas del activismo. Solo una retórica brillante y un mentor.
Omar, en cambio, se ha curtido en el Congreso. Ha lidiado con la burocracia, el cabildeo, las presiones, las cámaras y las trampas legislativas. Ha caminado territorios, ha expuesto proyectos, ha sido fiscalizado y ha tenido que responder. Y lo ha hecho bajo la sombra abrumadora de un apellido pesado. Ha construido, con su estilo, sin que le regalen la fachada.
La generación de Leonel llegaba con la épica de la posguerra fría, con el anhelo de modernización, con la nostalgia de Bosch como capital político. Omar llega en otro contexto: redes sociales, vigilancia ciudadana, inteligencia artificial, mecánica cuántica, la multipolaridad, generacional “Alofoke” y escepticismo institucional. Y aun así, ha logrado mantener una imagen de equilibrio, preparación y propuesta.

A Leonel lo formó Balaguer indirectamente, en la administración pública y Bosch conceptualmente. A Omar lo forma la tecnología y los nuevos códigos de la calle, lo forma el Congreso de un país hastiado de discursos bonitos.
Si se comparan trayectorias a igual edad, el hijo llega con más kilómetros recorridos en la vía institucional que el padre. Y esa es la verdad que incomoda.
Incomoda a quienes se niegan a dejar espacio, a quienes piensan que la historia les pertenece, y a quienes creen que el talento se hereda como la ropa o las posesiones. Omar no está obligado a parecerse a Leonel. Está obligado a superarlo. Y eso no es traición. Eso es evolución. Aunque duela.
La República Dominicana necesita líderes que surjan desde abajo, que se prueben en las trincheras y no solo en los estudios de televisión o en las cátedras universitarias. Omar tiene la rara ventaja de tener apellido y aún así haber tenido que ganarse de una forma u otra cada centímetro.
No es un predestinado: es un sobreviviente político en un entorno que devora figuras y más con ese apellido de luz y sombras.
¿Ahora tiene él que hacer mea culpa? No.
En el fondo, la molestia con Omar no es que aspire, es que puede y vencer al papá. Puede articular discursos sin ofender. Puede responder sin evadir. Puede caminar entre bandos sin vender su alma.
En un país donde la política es tribal, su temple irrita. Y eso lo hace peligroso para los que comercian con la lealtad ciega.
Mientras Leonel a su edad era una promesa aún sin ensayo, Omar ya ha sido probado. No es un prócer, pero tampoco es un experimento. Es un político joven con viejo kilometraje. Y esa combinación rara vez se tolera. Por eso lo atacan: porque tiene más biografía real que muchos con décadas en el ruedo.
Aquí no se trata de endiosar ni de santificar. Se trata de reconocer que tiene carisma y el talento de romper ese ciclo, sin traicionar ni negar el linaje y escribir su nombre en la historia con tinta propia, no con la caligrafía prestada del padre.
Nadie niega que Leonel fue un fenómeno electoral. Pero también es cierto que fue un presidente que creció con el poder, y a veces el poder no espera que uno madure. Omar tiene la oportunidad de llegar con los deberes hechos. Y eso, en un país improvisado, es casi una revolución.
Si el hijo supera al padre, como todo buen alumno al final, no es vergüenza. Es justicia. Porque en política no se premia la paternidad, sino la coherencia, el carácter y la visión. Y quizás eso es lo que más duele.
Y la gente se cansa de lo mismo.
Es la lectura que le doy a la encuesta de ACDMedia
jpm-am
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