Pagar alto precio por una guerra ajena
La historia nos ha enseñado que cuando las grandes potencias deciden rediseñar el mapa del Medio Oriente, los vidrios rotos suelen caer en los patios de las economías emergentes y la actual escalada militar entre Estados Unidos e Irán no es la excepción, en razón de que para Washington constituye un movimiento estratégico de “seguridad nacional”, una cuestión de supervivencia existencial para Israel y los ciudadanos de América Latina; sin embargo, en lo referente a República Dominicana, representa una amenaza directa a la estabilidad de las familias.
El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel, es una realidad incómoda, pero necesaria de debatir, en el sentido de que los promotores de las guerras han querido envolver sus intereses en banderas de libertad y democracia, pero debajo de esa retórica subyace una arquitectura económica y geopolítica.
Estados Unidos no sólo busca neutralizar la capacidad nuclear iraní, sino también asegurar su dominio sobre las rutas energéticas globales, un juego de tronos con un costo medido en secuelas de vidas durante un frente de batalla que incrementa el hambre y el desasosiego en la comunidad latina.
“Los muertos siempre quedan inconclusos”, pues detrás de cada cifra hay un proyecto de vida truncado que ninguna victoria geopolítica logra justificar, ya que hasta el momento, el conflicto ha cobrado la vida de más de 787 iraníes, lo que representa aproximadamente el 93% de las bajas totales en este enfrentamiento directo, incluyendo a su cúpula de poder, mientras las fuerzas de la coalición y aliados registran un número superior al 7% restante de las víctimas, con 11 fallecidos en Israel y 7 militares estadounidenses, estos sin sumar las decenas de heridos y víctimas civiles en países vecinos como Líbano y Kuwait que engrosan una trágica estadística de daños colaterales.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, el conflicto ha despertado fantasmas que se creían dormidos, debido a que existe la sensación palpable de que dicha guerra podría convertirse en una conflagración de escala global, visto que las familias dominicanas residentes en toda la geografía de Estados Unidos no solo temen por la seguridad de sus allegados en el servicio militar, sino que están sintiendo las imposiciones de la guerra en cada galón de gasolina y de los alimentos, mientras la inflación, ese enemigo silencioso, se harta de la pólvora que estalla a miles de kilómetros de distancia.

Vulnerabilidad
En lo relativo a República Dominicana, la vulnerabilidad es alarmante. Este país, al ser una isla que depende casi en su totalidad de la importación de hidrocarburos, cada dólar que sube el barril de petróleo es un dólar que se resta a la inversión en salud, educación e infraestructura, en tal sentido; y aunque lo mantenga debajo del refajo, el gobierno dominicano se encuentra atrapado en el dilema de mantener subsidios insostenibles para evitar un estallido social o permitir que el costo de la vida asfixie a la clase trabajadora.
Por otro lado, el turismo, corona económica del país, es el sector más sensible del ruido que promueven los tambores de la guerra, visto que la incertidumbre global provocará el aumento de los pasajes aéreos producto del alza en el combustible de aviación, lo que sin duda frenará a los viajeros internacionales; y aunque el país no lo sienta en este momento, es oportuno acotar que la prolongación de esta guerra podría no solo alejar a los turistas, sino poner en riesgo los empleos de cientos de miles de dominicanos que dependen directa e indirectamente de estas industrias.
No podemos ignorar el impacto en las remesas, ese flujo vital que sostiene el consumo de millones de hogares dominicanos. Si la economía estadounidense entra en una fase de recesión, que es el ritmo que lleva, o si el gasto público se desvía masivamente hacia la maquinaria de guerra, sin temor a equivocarnos, la capacidad de la diáspora dominicana se verá inevitablemente afectada.
El “sueño americano” se está convirtiendo en una pesadilla logística cuando el dinero, en vez de priorizarse para enfrentar la inflación interna de los Estados Unidos, es invertido en armas sofisticadas para que Israel no perezca ante los enfrentamientos de guerra con Irán.
La defensa de Estados Unidos hacia Israel, justificada por Washington bajo tratados de alianzas históricas, también plantea interrogantes sobre los beneficios reales para el pueblo estadounidense y mientras las acciones de las empresas de defensa y armamento alcanzan máximos históricos en Wall Street, pues el ciudadano común enfrenta un descalabro de su poder adquisitivo, por lo que es justo preguntarse: ¿A quién beneficia esta guerra?, pues sin redundar, a los complejos industriales que prosperan con este y otros conflictos mundiales.
Las guerras, como bien se dice, se sabe cómo inician pero nunca cómo terminan. Existe la posibilidad de que este conflicto se desborde hacia el Estrecho de Ormuz, lo que podría paralizar el comercio mundial de energía y empujar a países como el nuestro (República Dominicana) a una crisis energética sin precedentes, en razón de que la falta de soberanía energética, en tiempos de guerra se convierte en la más exhorta debilidad estratégica, la cual desestabiliza gobiernos enteros en la toda la región del Caribe.
Además del insuperable golpe económico, también estamos en medio de un impacto psicológico y social, en el sentido de que la narrativa sobre el inicio de una “Tercera Guerra Mundial”, podría generar un colapso paniaguado que lleva el rumbo imperecedero de paralizar la inversión local y fomentar el acaparamiento, visto que los países latinos, que apenas se recuperaban de los efectos de la pandemia del COVID 19 y otras crisis previas, se verán obligados a navegar en aguas turbulentas por decisiones en las que no tuvieron voz ni voto, aun siendo las principales víctimas de la guerra.
República Dominicana, junto a otros países de la región, deben buscar mecanismos de integración que les permitan amortiguar estos choques externos, aunque la realidad actual muestra que la dependencia del sistema financiero y energético global hace que sea casi imposible escapar del impacto, sobre todo, de las pretensiones oportunistas de los Estados Unidos contra las naciones que pueden subyugar sus intereses impropios. Venezuela es el mejor ejemplo.
Los efectos de la guerra ya se sienten en USA con el aumento de los combustibles que, de US$298, pues hoy supera los US$335 en la mayoría de los estados, además de los artículos comestibles que se han disparado estrepitosamente.
A propósito de las pretensiones de las potencias involucradas, queda claro que la estabilidad de Medio Oriente es un pretexto para el control de recursos, ya que Estados Unidos siempre busca evitar que otros actores llenen los vacíos de poder, y al hacerlo, estira las costuras de la economía global, porque para EEUU el beneficio es una ventaja táctica temporal, mientras que para el resto del mundo, se constituye en una fuente constante de demanda, ansiedad y carestía.
La guerra entre el bloque liderado por Estados Unidos e Irán no es un evento lejano para el latinoamericano, es más bien, una realidad que se siente en el supermercado, en la factura eléctrica y en la incertidumbre sobre el futuro. Visto este desbalance, República Dominicana se encuentra en el ojo del huracán económico que no pidió.
El presidente Donald Trump no quiere entender que las balas que se disparan en el desierto terminan hiriendo las economías de todos los países. “La paz es una necesidad básica para la supervivencia de la sociedad en su conjunto”.
jpm-am
Compártelo en tus redes:
ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.


