TURISMO: RD no se visita… se vive (OPINION)
Hay momentos en la vida en los que uno no habla como empresario audiovisual , ni como comunicador, ni como presidente de una fundación. Habla como hijo de su tierra. Y eso fue exactamente lo que me ocurrió cuando un extranjero, con genuina curiosidad, me dijo: “Ángel, ¿por qué debería visitar la República Dominicana?”.
Respiré profundo. Y no respondí con estadísticas. Respondí con el alma.
Le dije que iba a poner sus pies en la misma tierra donde nació la historia de América. Que en nuestra isla se levantó la Catedral Primada de América, la primera catedral del Nuevo Mundo. Que en nuestra capital colonial, Santo Domingo, se fundó la primera universidad, el primer hospital, la primera calle empedrada del continente. Que no somos un país cualquiera: somos el punto donde comenzó la historia moderna de este lado del planeta.
Pero luego le dije algo más importante: aquí no solo nació la historia… aquí late la alegría.
Le hablé del merengue y la bachata, ritmos que no solo se escuchan, se sienten en la sangre. Le dije que recorriera nuestro pais y que encontraría una sonrisa sincera, una conversación espontánea, una hospitalidad que no necesita protocolo. El dominicano no pregunta de dónde vienes para tratarte bien; te trata bien porque eres persona.
Le expliqué que somos el país que combina playas que parecen irreales con montañas que tocan el cielo. Que en Punta Cana el mar es tan transparente que parece pintado, pero que también tenemos la majestuosidad del Pico Duarte, el punto más alto del Caribe. Que en pocas horas puedes pasar del calor del trópico a la brisa fresca de Constanza.

Le conté que en Zona Colonial cada piedra cuenta una historia de más de 500 años. Que aquí convivieron culturas, que aquí se mezclaron raíces taínas, africanas y europeas para dar origen a un pueblo único. Un pueblo creativo, trabajador, soñador.
Le dije que la República Dominicana no se explica solo por sus paisajes, sino por su gente. Por esa capacidad extraordinaria de reinventarse, de levantarse ante cualquier dificultad con música, con fe y con esperanza. Somos un país pequeño en territorio, pero inmenso en espíritu.
Le hablé de nuestras tradiciones: de un carnaval lleno de color, de una gastronomía que abraza —un mangú al amanecer, un sancocho en familia—, de nuestras playas, nuestros ríos, nuestras cascadas escondidas, de la calidez de nuestros campos y la energía vibrante de nuestras ciudades.
Le confesé que el orgullo dominicano no es arrogancia, es gratitud. Gratitud por haber nacido en una tierra donde la naturaleza fue generosa y donde la gente aprendió a compartirlo todo. Aquí el visitante no es cliente: es invitado.
Y mientras hablaba, comprendí algo profundo: recomendar la República Dominicana no es hacer turismo, es compartir identidad.
Si decides venir, no solo conocerás un destino. Conocerás el primer latido de América. Conocerás un pueblo que canta incluso en las dificultades, que baila incluso en la incertidumbre, que abraza incluso sin conocerte. Conocerás una nación que ha sabido convertir su historia en orgullo y su diversidad en fortaleza.
Yo no le vendí mi país a ese extranjero. Se lo regalé con palabras. Porque cuando uno ama su patria, no necesita exagerar: solo necesita contar la verdad.
Y la verdad es esta: la República Dominicana no se visita… se vive. Y una vez que la vives, siempre quieres volver.
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