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MADRID 9 Abr. (EUROPA PRESS) –
Un estudio internacional realizado en 34 países y publicado en ‘Nature Medicine’ ha demostrado que la edad biológica del cerebro puede acelerarse o retrasarse en función de factores de riesgo y protectores ambientales. Los resultados subrayan que los efectos más significativos se producen a partir de la interacción entre condiciones ambientales, sociales y políticas.
La investigación, coordinada internacionalmente por Agustín Ibáñez, investigador del Global Brain Health Institute (GBHI), Trinity College de Dublín (Irlanda), aborda cómo influyen conjuntamente los entornos en los que viven las personas -incluyendo factores físicos y sociales- en el ritmo al que envejece el cerebro humano. Para ello, el equipo analizó datos de 18.701 personas procedentes de 34 países.
El estudio introduce el concepto de exposoma, entendido como el conjunto acumulativo de exposiciones ambientales, sociales y contextuales a lo largo de la vida. Los resultados muestran que este exposoma actúa de forma sindémica, es decir, mediante la interacción de múltiples factores que se potencian entre sí, de manera similar a lo que ocurre con enfermedades que coexisten y se agravan mutuamente. Este conjunto de influencias determina el envejecimiento cerebral tanto en personas sanas como en aquellas con enfermedades neurodegenerativas.
Los investigadores analizaron 73 indicadores del exposoma a nivel nacional, incluyendo variables como la contaminación atmosférica, la variabilidad climática, la disponibilidad de espacios verdes, la calidad del agua, la desigualdad socioeconómica y distintos aspectos de los contextos políticos y democráticos. Al modelar estos factores de forma conjunta, comprobaron que explican hasta 15 veces más variación en el envejecimiento cerebral que cualquier factor individual.
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En concreto, las exposiciones físicas combinadas -como la contaminación, las temperaturas extremas o la escasez de zonas verdes- se asociaron principalmente con el envejecimiento estructural del cerebro. Estas alteraciones afectan a regiones clave implicadas en la memoria, la regulación emocional y las funciones autonómicas, y se relacionan con mecanismos como la neuroinflamación, el estrés oxidativo, la disfunción vascular o la reducción del soporte neurotrófico.
Por otro lado, el exposoma social combinado -incluyendo factores como la desigualdad, la pobreza, la baja participación cívica, la debilidad institucional o el acceso limitado a recursos sociales- mostró una mayor asociación con el envejecimiento funcional del cerebro. En particular, afecta a redes frontotemporales y límbicas vinculadas al control ejecutivo, la cognición social y la regulación emocional.
Los investigadores destacan que estos hallazgos ponen de relieve un aspecto clave: las influencias ambientales sobre la salud cerebral son acumulativas, no lineales y se amplifican mediante la interacción entre distintos factores.
En el estudio han participado profesores e investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), pertenecientes a las Facultades de Medicina y Psicología: Alberto Fernández, Ricardo Bruña, Fernando Maestú y María Eugenia López, integrantes del Grupo de Investigación en Neurociencia Cognitiva. Su contribución ha sido fundamental en la interpretación del análisis de señales cerebrales y en el estudio de sus alteraciones tanto en el envejecimiento normal como en el patológico.








