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MADRID 9 Abr. (EUROPA PRESS) –
Durante un beso se liberan neurotransmisores y hormonas -como la oxitocina, la dopamina, la serotonina o las endorfinas- que reducen el estrés, fortalecen vínculos personales y generan sensación de bienestar, placer y seguridad, según la directora del Grado de Psicología en UNIE Universidad y perteneciente a la red de educación superior de Planeta Formación y Universidades, Conchita Sisí.
Con motivo del Día Internacional del Beso, que se celebra el 13 de abril, Sisí ha explicado que, desde una perspectiva psicológica, el beso puede entenderse como una «conducta de afiliación» que activa sistemas implicados en el vínculo y la regulación emocional.
Los besos forman parte de las conductas de intimidad que facilitan la cohesión en las relaciones y la percepción de apoyo social, dos variables «estrechamente vinculadas» con el bienestar emocional. Además, según la psicóloga, este tipo de contacto afectivo contribuye a disminuir los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que se traduce en una mejora del estado de ánimo y una mayor relajación.
MEJORA EN LA COHESIÓN ENTRE RELACIONES
Además, recuerda que besar también impacta en el plano relacional. De hecho, varios estudios apuntan que el contacto físico afectivo favorece la cohesión en las relaciones, mejora la percepción de apoyo social y refuerza el sentimiento de conexión con otras personas. El hecho de besar se ha vinculado, incluso, con un aumento de la autoestima y una mejora de la calidad de las relaciones de pareja.
«La evidencia indica que el contacto físico afectivo no solo tiene efectos inmediatos sobre el estado de ánimo, sino que también puede desempeñar un papel relevante en la calidad de las relaciones y, a largo plazo, en indicadores de salud mental», ha continuado.
Este tipo de conductas no solo facilitan la conexión interpersonal, sino que también actúan como reguladores emocionales en el día a día. «Algunos estudios han mostrado que el contacto afectivo íntimo se asocia con la liberación de oxitocina, clave en la formación de los vínculos, así como con la activación de circuitos dopaminérgicos relacionados con el refuerzo y el placer. Además, se ha observado que este tipo de interacción puede contribuir a la reducción de los niveles de cortisol, lo que sugiere un posible efecto modulador sobre la respuesta al estrés», ha detallado la psicóloga.
A lo largo de la historia, el beso ha sido una forma de comunicación no verbal «clave». De hecho, existen registros de su uso desde hace más de 4.500 años en civilizaciones como Mesopotamia, donde ya cumplía una doble función: afectiva y social. Actualmente, sigue siendo una de las formas más directas de expresar cercanía y conexión.
Aun así, la experta ha indicado que no todas las personas viven el contacto físico de la misma manera ni lo necesitan en igual medida, ya que el bienestar emocional puede construirse a través de otros gestos como la conversación, la escucha o el acompañamiento. De este modo, aunque besar no es imprescindible, puede ser una manera «muy clara y natural de expresar cercanía».
En general, el beso, integrado de forma natural en las relaciones personales, se posiciona como una «herramienta sencilla» pero poderosa para el bienestar, siempre desde el respeto a las preferencias individuales y a las distintas formas de relacionarse.








