Sinónimo de glamour, cultura y diversión, los cruceros pueden ser también bombas de tiempo sanitarias, como lo demostró esta semana la experiencia del MV Hondius, el buque en el que se inició el brote de hantavirus que hasta el momento ha dejado tres fallecidos y nueve contagios confirmados.
Este 13 de mayo, otro crucero ha quedado varado, el Ambition, como consecuencia de un brote de gastroenteritis que ha afectado a 50 de los 1.700 pasajeros.
En su caso no está fondeado, como estuvo el buque de bandera neerlandesa, por la negativa de Cabo Verde (su parada final) a recibir a los pasajeros, pero permanece atracado en un puerto de Burdeos, sin autorización para desembarcar.
Un tercer buque con 3.116 personas a bordo, el Caribbean Princess que zarpó de Florida a comienzos de mes, tuvo que regresar antes de tiempo a su puerto de origen cuando 102 pasajeros y 13 miembros de la tripulación mostraron síntomas de norovirus, el virus responsable de la gastroenteritis aguda.
Esta es la infección más común en un crucero, donde miles de personas conviven largos periodos en relativo confinamiento, compartiendo espacios como restaurantes, discotecas, ascensores, teatros y piscinas, pero no es la única.
La legionella, que prospera en jacuzzis, piscinas y sistemas de aire acondicionado, la gripe, el sarampión e incluso el Covid-19 han sellado sus boletas de abordar en el pasado.
Santiago Campillo Brocal, biólogo y director de la revista digital ‘Muy Interesante’ escribió en un artículo sobre la difusión de enfermedades en cruceros que estos constituyen “el entorno ideal para que los epidemiólogos estudien exactamente cómo funciona la biología de un virus: población definida, cronología de síntomas documentada, trazabilidad de contactos completa”.
Sobre esta base se ha hecho el seguimiento de los posibles portadores y de las personas potencialmente expuestas al hantavirus del MV Hondius: manifiesto de a bordo, paradas en destinos intermedios, traslados posteriores en otros sistemas de transporte y movimientos y contactos de los sujetos en los destinos finales.
Ambientes cerrados propician la difusión
Daniel Stecher, médico especialista en infectología de la Universidad de Buenos Aires, explica que el hecho de que los cruceros sean “unidades absolutamente cerradas desde que parten de un puerto hasta que llegan a otro” contribuye a la difusión de determinadas infecciones con más efectividad que otros espacios de confinamiento relativo como cárceles, hospitales o resorts.
“En estos hay movimiento permanente de gente, materiales o suministros. Por lo tanto, las características del crucero hacen que determinadas infecciones se potencien notablemente”, apunta Stecher.
Con él coincide Aileen Marty, especialista en enfermedades infeccionas y respuesta a brotes y consejera de la Organización Mundial de la Salud.
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“Aunque el riesgo en el espacio del crucero no sea particularmente alto, sí lo es desde el momento en que te pasas ahí varios días antes de atracar en cualquier otro lado, respirando este ‘aire comunitario’, cosa que no sucede en otro tipo de reuniones como una misa, donde permaneces un número de horas específico y luego te vas”, ejemplifica Marty.
Stecher agrega otro elemento: las paradas intermedias, que “pueden funcionar como nuevas oportunidades para que ingrese una enfermedad, ya sea con nuevos pasajeros, nuevo personal de abordo o el ingreso de alimentos en mal estado o contaminados”.
En el caso del MV Hondius, Marty destaca el hecho de que, a diferencia de otros cruceros, no está diseñado para viajar de principio a fin con la misma población, sino que puede dejar pasajeros y recibir otros nuevos en los puertos que visita. “Eso cambia la dinámica de las potenciales enfermedades infecciosas que puede haber a bordo del barco”.
“El peligro real no es la gente que bajó en Tenerife y luego fue repatriada a sus países”, advierte. “El peligro son las personas que bajaron del barco en dos islas diferentes antes de que cualquiera supiera que había un virus contagioso y potencialmente mortal a bordo”.
Marty se refiere a las islas de Santa Elena, donde bajó de la nave la neerlandesa que fue la segunda fallecida del MV Hondius, y Tristán da Cunha, donde se registró un contagio secundario al desembarco de turistas.
“Durante al menos dos días los viajeros estuvieron interactuando con personas locales, incluyendo viajeros que luego mostraron síntomas, como la esposa de la primera persona que murió”, señala Marty.
La especialista explica que el periodo de incubación de la enfermedad hizo que esta mujer permaneciera hasta 18 días asintomática. “Luego cuando empezó a tener síntomas abordó un vuelo a Johannesburgo con gente que no había estado en el barco e intentó abordar un segundo vuelo a Amsterdam del que fue obligada a bajar, porque estaba ya demasiado enferma”, recuerda.
Marty destaca un elemento clave en la evolución del contagio de hantavirus: la neerlandesa fue derivada a un hospital privado en Johannesburgo donde funciona el Centro Nacional para Enfermedades Infecciosas. “Eso fue una fortuna para el mundo, porque ellos disponen de un laboratorio de muy alto nivel, donde pudieron tomar muestras y hacer el diagnóstico definitivo”.
La enfermedad con el boleto sellado
Stecher destaca “dos tipos de enfermedades que se potencian en esta situación: las infecciones respiratorias y las gastrointestinales”.
Una característica de esta clase de experiencias turísticas que impone desafíos a la atención de eventuales brotes es que, aunque las operadoras tienen un protocolo primario propio, el abordaje debe ajustarse a la legislación sanitaria de los puertos en los que la embarcación atraque.
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“Si el viaje para en Estados Unidos, debe seguir los planes sanitarios de los CDC, si atraca en China debe seguir las leyes de ese país. Así es como funciona, aunque suele suceder que los países reconozcan legislaciones que estén por encima de sus propios estándares”, explica Marty.
La navegación ha sido históricamente una fuente de difusión de enfermedades. En los barcos de los conquistadores llegó la viruela que diezmó a las poblaciones nativas en América y también por mar se trasladó la pandemia de influenza (la llamada gripe española) desde Estados Unidos a Europa en 1918.
“Todos los países saben que los barcos pueden transportar todo tipo de pasajeros, sin mencionar especies invasoras, incluso serpientes pueden viajar en un barco. Por eso es que cada país tiene sus propias regulaciones y protocolos de inspección”, señala Marty.
Para la experta, “la navegación se ha hecho más segura en un sentido, porque hay más reglas para el mar, pero esa seguridad siempre va a estar sujeta a muchos factores. No es una cosa matemática, los temas biológicos nunca ofrecen certezas, porque todas las especies que hay en el planeta quieren sobrevivir y eso puede lograrse a la muerte de otras”.
Stecher, por su parte, ejemplifica el poder multiplicador de un barco en la diseminación de enfermedades transmisibles.
“Durante el Covid-19, por ejemplo, hubo un crucero que presentó un brote, y los estudios mostraron que el contagio fue cuatro veces mayor que los que se producían en tierra firme”, recuerda.
De hecho, un barco, el Diamond Princess, con sus 3.711 pasajeros a bordo, fue una de las primeras experiencias de confinamiento durante la pandemia, y se convirtió en el primer punto de datos global en una cohorte cerrada.
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O lo que es lo mismo: “los epidemiólogos lo usaron como calibrador para entender la escala del problema antes de que el virus llegara al resto del mundo”, como escribe Campillo Brocal.
Con respecto a las enfermedades gastrointestinales como el norovirus, Daniel Stecher destaca que “no es exclusiva de los cruceros, es la principal causa de diarrea en el mundo, pero el hecho de que pueda entrar un alimento en mal estado (al barco) hace que la capacidad de contagio sea importante y periódicamente se documenten brotes de este tipo”.
No en balde se le conoce como “el virus de los cruceros”. Solo en 2025, se detectaron 23 brotes gastrointestinales en este tipo de embarcaciones en el mundo entero, incluyendo uno causado por una nueva cepa de norovirus, según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), que rastrea la incidencia de estas dolencias en viajes que hacen escala en ese país.
Implicaciones legales: una veta difícil de explotar
Los términos y condiciones en las que convienen los pasajeros cuando compran un boleto para embarcar en un crucero como el MV Hondius exculpan al operador Oceanwide Expedition de cualquier responsabilidad sobre eventos que ocurran durante el viaje, desde robos y pérdida de equipaje hasta enfermedad y muerte.
Solo una jurisdicción puede atender eventuales demandas, el Tribunal de Distrito de Middelburg en los Países Bajos, que es el país que abandera al barco.
Para que esta corte reconozca responsabilidades por parte de las autoridades del buque, los demandantes deben demostrar que la compañía incurrió en negligencia grave, como ignorar advertencias señaladas por las autoridades sanitarias o no seguir los protocolos básicos de control de infecciones, de acuerdo con expertos legales citados por Reuters.
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En el caso del MV Hondius no hay evidencia que apunte hacia este tipo de conductas ni denuncias por parte de los pasajeros.
Familiares de los fallecidos, que no se encuentran atados por los términos y condiciones que aceptaron los pasajeros, pueden iniciar acciones legales, pero, de nuevo, tropezarán con la difícil tarea de demostrar negligencia grave o imprudencia por parte de la empresa.
Demandas anteriores contra operadores turísticos durante la pandemia del Covid-19 fueron desestimadas en tribunales de Estados Unidos, pues los accionantes no pudieron demostrar cómo el crucero fue responsable de su enfermedad.










