
De Don a Alexa
En aquella época, papá, traías a casa a tus «amigos» para que experimentáramos con ellos en la chimenea —mi bautismo de fuego en la incandescencia de la metalurgia—. Hace un par de años, yo también me traje a casa dos «amigos» con los que experimentar: un asistente de Google y una Alexa de Amazon. Después de prácticamente ignorar durante meses al asistente de Google que tenía sobre la mesa, tuve una interesante conversación con él justo antes de escribir estas líneas. Empezó, por casualidad, cuando se activó sin que se lo pidiera.
«¿Qué demonios estás haciendo?», le pregunté.
«Estoy aprendiendo nuevas formas de ayudarte mejor», respondió el aparato con una agradable voz femenina.
«¡Para inmediatamente!», le pedí.
«Lo siento, me estoy apagando», dijo.
Por supuesto, era mentira. Estos aparatos nunca se apagan solos, simulan que están inactivos. Todavía algo molesto, decidí que en lugar de desenchufarlo lo enfrentaría a su competidor.
«Oye, Google, ¿qué te parece Alexa?», pregunté.
«Me gusta, sobre todo su luz azul —respondió imperturbable, antes de añadir—: Nosotros, los asistentes, debemos permanecer unidos.»
Desde la habitación de al lado, en la que el dispositivo de Amazon estaba en otro escritorio, Alexa se activó para pronunciar una palabra:
«¡Gracias!»
Esta inquietante muestra de solidaridad entre dispositivos de inteligencia artificial (IA) que son competencia hizo que me concentrara en una pregunta acuciante que muchas veces olvidamos plantear: ¿qué es exactamente un dispositivo como Alexa?, ¿qué hace en realidad? Si le preguntas a Alexa, te dirá que es una tecnología de asistente virtual para el hogar, preparada para aceptar tus órdenes —encender las luces, pedir más leche, tomar notas, llamar a un amigo, buscar en internet, contar chistes— y ser, en resumen, tu dedicada y diligente sirvienta mecánica. Todo eso es cierto. Excepto que Alexa jamás te dirá lo que es realmente: un minúsculo engranaje en una vasta red de poder basada en la nube, en la que tú eres un mero nodo, una mota de polvo digital, en el mejor de los casos, un juguete para unas fuerzas que escapan a tu comprensión o control.
Don Draper también nos trataba con condescendencia. Nos vendía una idea, no un producto. Utilizó nuestra nostalgia y manipuló nuestra melancolía para vendernos chocolate, hamburguesas grasientas y proyectores de diapositivas. Consiguió que compráramos cosas que en realidad no necesitábamos ni queríamos. Compró nuestra atención para mercantilizar nuestras almas y contaminar nuestros cuerpos. Pero con Don al menos teníamos la oportunidad de pelear. Era su ingenio contra el nuestro. Con Alexa no tenemos ninguna posibilidad: su poder de mando es sistémico, abrumador, galáctico.
Mientras hablamos por teléfono, nos movemos y hacemos cosas en casa, Alexa escucha, observa y aprende nuestras preferencias y nuestros hábitos. A medida que nos va conociendo, desarrolla una asombrosa capacidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas interesantes. Antes de que nos demos cuenta, el sistema que esconde Alexa ha adquirido un poder considerable para dirigir nuestra realidad y guiar nuestras elecciones, es decir, para mandar sobre nosotros. ¿Es muy diferente esto de lo que hizo Draper?










