Por primera vez en la historia, un equipo científico grabó el giro de un disco protoplanetario, la estructura de gas y polvo que rodea a una estrella joven y que más tarde dará origen a planetas, lunas y asteroides.
Ese disco pertenece a la estrella AB Aurigae, ubicada a unos 520 años luz de la Tierra. Con apenas 4 millones de años, casi el doble de la masa del Sol y una luminosidad mucho mayor, AB Aurigae sigue creciendo. Los astrónomos la observan desde hace más de un siglo porque su brillo cambiaba de un año a otro. Hoy sabemos el motivo. La estrella aún vive envuelta en un “capullo” y su entorno inmediato es un caos activo.
De acuerdo con el articulo que resume las observaciones, publicado en la revista Astronomy & Astrophysics, AB Aurigae atraviesa una fase extremadamente activa de formación planetaria. El disco gira como se espera en las regiones externas, pero en la zona interna lo hace más lento. El equipo interpreta esta desaceleración como una señal de que ya existen protoplanetas que perturban el gas y frenan su movimiento.
Los datos ofrecen algunos vistazos sobre cómo es el interior de la estructura. Lo que ocurre ahí, aceptan los autores, es más complejo de lo que esperaban. Nada en el disco está estático. Los brazos espirales cambian de forma, algunas regiones varían de brillo con los años y sombras delgadas se desplazan como si estructuras densas dentro del disco bloquearan la luz de manera intermitente.
El sistema de AB Aurigae muestra un nivel de turbulencia que contradice la imagen clásica de un disco suave y ordenado. Todo apunta a que la formación de planetas es un proceso mucho más caótico, violento y tridimensional de lo que solemos imaginar.
El estudio de los discos protoplanetarios cercanos es clave para entender la naturaleza de nuestro sistema solar y acercarnos al enigma del surgimiento de la vida. En estas primeras etapas se define cuántos y qué tipo de planetas nacerán, y cómo es que elementos esenciales para la habitabilidad, como el agua, el oxígeno o el dióxido de carbono, se incorporan a los cuerpos rocosos.
Las imágenes se obtuvieron durante cuatro años, en tres campañas de observación desde el Observatorio Europeo Austral (ESO, por sus siglas en inglés), en el desierto de Atacama, Chile. La radiación infrarroja de esta “estrella bebé” fue registrada por el instrumento SPHERE del telescopio VLT, uno de los sistemas ópticos más precisos del mundo.
El estudio original puede ser consultado por este enlace.











