CHINOS Y HAITIANOS: UNA REALIDAD, NO UN RELAJO

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Por: Kacheito Martínez

En virtud de la situación actual, propongo que el sistema educativo dominicano sea revisado de inmediato. No es posible que, en pleno siglo XXI, sigamos graduando bachilleres que solo hablen español y un inglés a medias. Hay dos idiomas que hoy deben ser incluidos de forma obligatoria en nuestro currículo: el creole y el mandarín.

¿POR QUÉ CREOLE? POR ISLA Y POR SEGURIDAD

El solo hecho de compartir la misma isla con Haití lo dice todo: un país culturalmente distinto al nuestro, pero con once millones de habitantes. Ya es cotidiano escuchar creole en nuestras calles, avenidas, colmados, mercados, plazas comerciales, pica pollos, construcciones y en los hogares donde mujeres haitianas realizan labores domésticas.

Planteo un caso hipotético: usted va pasando con su familia y hay dos personas hablando en creole. Le saludan y se ríen, pero usted y yo, al desconocer el idioma, no sabemos si comentan sobre fútbol, música… o si están planificando alguna fechoría. Como no entendemos ni pizca, sin darnos cuenta podríamos estar caminando hacia la boca del lobo.

Aclaro: son suposiciones, Dios nos libre. Mi interés no es crear paranoia, sino llamar a la prevención. El idioma es una herramienta de defensa; por seguridad, nos evita cualquier contratiempo. Enseñar creole no es «haitianizar» a nadie; es inteligencia. Es saber qué sucede en tu propio país; es poder comunicarse en una emergencia, en una farmacia, en un hospital o en un destacamento.

¿POR QUÉ MANDARÍN? POR ECONOMÍA Y POR FUTURO

Recordemos que China es hoy nuestro segundo socio comercial; están presentes en nuestros puertos, en las inversiones y en la tecnología. El siglo XXI se escribe, en gran medida, en mandarín.

Aplica la misma lógica: si dos personas conversan en mandarín, le sonríen y usted no tiene la más mínima idea de qué dijeron, está en desventaja. En la relación comercial ocurre igual: el que domina el idioma, domina el contrato. Al final llega el lamento: «¡Ay, me engañaron!», simplemente porque firmó lo que el otro quiso.

Si no aprendemos mandarín, nos lo van a imponer. Seremos víctimas de estafas y llegaremos tarde a las oportunidades de empleo y becas. Saber es seguridad nacional; no es desconfianza, es preparación. Estar preparado te da poder, porque te pone en alerta sobre lo que ocurre a tu alrededor.

Imagínense a un joven que hable español-inglés-creole o español-inglés-mandarín. Vale por tres en el mercado laboral. Tendría la soberanía necesaria para no depender de traductores ni intermediarios para hablar con nuestro vecino ni con nuestro principal socio comercial. El conocimiento rompe muros.

Ojalá que, ante este llamado, no aparezcan los «patrioteros» de siempre, esos que usan el tema haitiano para estar de moda y subirse a la ola de un nacionalismo trasnochado. Esos que reducen la realidad a insultos básicos, atribuyéndoles a otros todos los males. Hago esta salvedad porque no faltará quien me acuse de querer «haitianizar el país», cuando lo único que sueño es con una nación preparada.

Mientras en África ya están enseñando mandarín, nosotros seguimos estancados en el chisme mediático. Seguimos en el siglo XIX a nivel educativo. Por eso es urgente que el Ministerio de Educación incluya el creole y el mandarín como materias obligatorias. El futuro no se habla en un solo idioma y, por seguridad, comercio y dignidad, más nos vale empezar a aprender.

CHINOS Y HAITIANOS: UNA REALIDAD, NO UN RELAJO

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