El 8 de julio de 2026, Daniela Camberos llegó a una cena en Ginebra rodeada de figuras internacionales de la tecnología, la política y el activismo. En el mismo salón estaban la presidenta de Islandia, Halla Tómasdóttir, y líderes como Doreen Bogdan-Martin, secretaria general de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU), la agencia de la ONU para las tecnologías digitales. Camberos, en cambio, se preguntaba qué hacía ahí.
“Me dio síndrome del impostor”, recuerda. Había viajado para asistir a la entrega de los AI for Good Impact Awards 2026, premios que reconocen proyectos de inteligencia artificial (IA) con impacto social. Cuando anunciaron el nombre de Ramona, la herramienta que creó para detectar falsas ofertas de trabajo, no lo podía creer.
El reconocimiento la convirtió en la primera mexicana y latinoamericana en recibir el premio. Para ella, sin embargo, la mayor satisfacción fue la posibilidad de que más personas conocieran y utilizaran una tecnología diseñada para evitar que una oportunidad laboral termine en fraude, robo de identidad o, en los casos más graves, en explotación o trata de personas, riesgos sobre los que las autoridades mexicanas han alertado ante el aumento de ofertas falsas difundidas en internet.
Las fallas del mercado laboral
Antes de crear Ramona, Camberos se formó en Psicología Organizacional y trabajó en áreas de análisis, seguridad y recursos humanos. Su paso por empresas tecnológicas le permitió ver de cerca las desigualdades y los riesgos que enfrentan muchas personas mientras buscan empleo.
En algunas de las compañías donde trabajó le pedían contratar a personas de universidades específicas, generalmente privadas. Camberos comenzó a cuestionar esos filtros. “Me decían ‘contrata de tales escuelas’, pero nadie elige dónde nace o qué oportunidades tiene”, cuenta.
A pesar de esas instrucciones, comenzó a presentar candidatos de otras universidades. Encontró jóvenes con la preparación necesaria para ocupar los puestos, pero con menos herramientas para desenvolverse durante una entrevista. Mientras algunas instituciones privadas cuentan con centros de vida y carrera, simulaciones de entrevistas y asesorías para negociar salarios, muchos estudiantes de universidades públicas llegan al mercado laboral sin ese acompañamiento.
Camberos entrevistaba a personas que tenían las capacidades necesarias para una vacante, pero no sabían cómo explicar sus habilidades o responder por qué querían trabajar en una empresa. Entre las mujeres también observaba dificultades para negociar: algunas reducían sus expectativas salariales incluso antes de recibir una oferta. Para ella, el problema no estaba en su talento, sino en la falta de orientación para participar en un proceso de contratación.












