A los impactos en la salud se suman los medios de vida, pues el incendio ocurrió en una región donde las personas dependen de la agricultura y la ganadería. En este sentido, Azamar advierte que con la información que se tiene hasta ahora del incendio en el pozo Krem-1, se puede asegurar que la población enfrentará problemas de seguridad alimentaria.
“Si los pastizales quedaron quemados o cubiertos por residuos, el ganado pierde alimento y está expuesto a sustancias contaminantes que muy probablemente afecten su calidad y expectativa de vida”, comenta la especialista y añade que algo similar ocurre con los cultivos, pues aunque no se destruyan visiblemente, disminuye su rendimiento y su calidad, por lo que incluso consumirlos puede ser peligroso.
Además, destaca la contaminación de pozos, arroyos y cuerpos de agua utilizados para beber, cocinar, regar y atender a los animales.
“En términos económicos no solo está la afectación de miles de familias, que es un consumo importante para sus propias regiones. También está la pérdida productiva de estos territorios y los costos asociados a su recuperación. Es un desastre en toda la extensión de la palabra”, considera.
Por otro lado, Montaño agrega que este suele ser uno de los costos socioambientales que la industria gasífera y petrolera deja en los territorios que suelen ser sacrificados para la producción de combustibles fósiles.
“Cuando tienen un incidente o un desastre de esta naturaleza arrasan con todo. No queda una alternativa económica para estas poblaciones”, sostiene el ambientalista y agrega el reto económico que tendrán las familias damnificadas para recuperar un sustento.
La valoración económica del desastre, advierte, “tiene que entender cómo no hundir en mayor pobreza o en el abandono de la zona a la población que está ahí”.
Un cálculo del impacto en el aire
El análisis satelital de CartoCrítica advierte que hasta el 6 de julio pasado, la acumulación de gas en el incendio era de aproximadamente 252 millones de metros cúbicos de gas quemado, equivalente a las emisiones anuales de unos 135,000 automóviles en un horizonte de 20 años, de acuerdo con el estudio.
Esta estimación se hizo mediante un programa de observación satelital conocido como VIIRS Nightfire, el cual utiliza imágenes infrarrojas de emisiones de temperatura y radiación para medir la quema de gas en el mundo.
“Estamos hablando de que equivalen a un tercio del gas que se consumía en los hogares de México en 2023. Es una cantidad de gas bestial”, explica Montaño.
Además, el estudio satelital midió el residuo químico que dejó el dióxido de nitrógeno en la atmósfera, un gas que dura pocas horas en el aire, y que no viaja lejos de su fuente, de acuerdo con el análisis. La medición halló que durante el periodo del incendio hubo en promedio entre 20 y 25% más dióxido de nitrógeno que antes del 5 de marzo, fecha en que inició el incidente.
“Si aparece de forma sostenida sobre el pozo, es atribuible al pozo. Su relevancia está en lo que anuncia: donde hay NO2 de combustión están también los contaminantes que se emiten junto con él (partículas finas, carbono negro, monóxido de carbono, compuestos orgánicos volátiles), que son los de mayor evidencia de daño a la salud y que el satélite no puede medir directamente a esta escala”, sostiene el documento.













