
El ébola no ha desaparecido. De hecho, el brote actual en África es una de las epidemias más preocupantes que haya visto jamás la organización que intenta controlarlo.
“Aparte del COVID-19, que afectó a todo el mundo, esto es lo que más me ha asustado”, asegura Nicole Lurie, que trabaja para la Coalición para las Innovaciones en Preparación ante Epidemias (CEPI) desde 2017 y actualmente ocupa el cargo de directora ejecutiva de preparación y respuesta, además de directora para EE UU.
Más de 7,000 personas han contraído el virus del ébola de Bundibugyo en la República Democrática del Congo (RDC) desde mayo. Aproximadamente la mitad han fallecido, según datos del gobierno recopilados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El brote más rápido
“Este es el brote de ébola de más rápido crecimiento que hemos visto. Probablemente va camino de convertirse en el peor que el mundo haya visto jamás”, explica Lurie a WIRED, “y es bastante aterrador”, añade.
Aunque las autoridades sanitarias lograron poner fin al brote en Uganda mediante el rastreo de contactos, el aislamiento y la atención clínica, la inestabilidad en la RDC hace que los casos sigan aumentando. Millones de personas se han visto desplazadas por la violencia en curso, lo que ha convertido el rastreo de contactos en una “lucha”, de acuerdo con Lurie. La situación se ha visto agravada por la desconfianza hacia los trabajadores humanitarios externos, lo que ha dificultado el aislamiento y el tratamiento de los casos. La población local ha atacado a voluntarios de la Cruz Roja, ha destruido equipamiento médico, incluidas ambulancias, y ha entorpecido la labor de los equipos de entierro seguro.
“No creo que podamos poner fin a esto sin una vacuna”, señala Lurie.
Poco después de que se notificaran los primeros casos de Bundibugyo en mayo, la organización sin fines de lucro CEPI reasignó 100 millones de dólares de su financiación interna para desarrollar una vacuna. Ese dinero ayudó a financiar a científicos del Serum Institute of India para fabricar dosis de la vacuna ChAdOx1 BDBV de la Universidad de Oxford a una velocidad récord. Esa vacuna y la candidata de Moderna, también respaldada por la CEPI, han entrado en la fase de ensayos de seguridad, y se espera que los ensayos de eficacia comiencen este mes.
Aunque la CEPI considera que una vacuna es clave para poner fin a la epidemia, es probable que cualquier ensayo, que requiera el rastreo de contactos, siga enfrentándose a dificultades en las comunidades. “Lo que me preocupa es la desconfianza hacia las vacunas”, expresa la profesora de vacunología e inmunología Teresa Lambe, investigadora científica principal de los ensayos de seguridad de Oxford. “Incluso si conseguimos vacunas fabulosas, ¿se utilizarán?”.
En mayo, tras el brote en el crucero, estaba trabajando en una vacuna contra el hantavirus cuando su teléfono se iluminó con un mensaje de un antiguo empleado de la OMS sobre el ébola que la dejó atónita. Sabía que la inestabilidad en la República Democrática del Congo podía hacer que cualquier brote de ébola se descontrolara muy rápidamente, así que cambió de rumbo y puso en marcha su campaña de vacunación con financiación filantrópica incluso antes de que CEPI estableciera su apoyo.
Sin tregua
“En cierto modo, el covid fue más fácil”, reflexiona Lambe, quien confiesa no haber tomado un solo día libre desde mayo. “No estamos en confinamiento, no estamos en una situación en la que la gente sepa o se preocupe por lo que ocurre en la RDC… No todos estamos remando en la misma dirección porque la vida cotidiana continúa”.
Las organizaciones de respuesta internacional han sufrido escasez de personal desde que Estados Unidos se retiró de la Organización Mundial de la Salud y desmanteló USAID al inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump. Los recortes de su administración a la ayuda exterior también han provocado que los equipos de respuesta se enfrenten a una escasez de equipos médicos básicos, como mascarillas, desinfectantes de manos y material para realizar pruebas.













