El caso de la editorial Almadía pone bajo la lupa a los detectores de IA

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“Estamos ante un punto de inflexión y ni las editoriales ni los concursos están listos para enfrentarlo. Carecen de estrategias de verificación, que no pueden limitarse a herramientas de detección. Deben involucrar un umbral humano de experiencia leyendo textos generados con IA”.

¿La IA puede confundir los estilos de escritura humana?

En mayo de 2026, WIRED documentó que Anthropic, la empresa detrás de Claude, compró libros físicos, les cortó los lomos y escaneó sus páginas para entrenar sus modelos de IA. Los documentos sobre el llamado Proyecto Panamá muestran que buscaba mejorar la escritura de Claude mediante libros que consideraba de mayor calidad que muchos contenidos de internet.

Si los modelos generativos aprenden de libros escritos por personas, ¿hasta qué punto los rasgos que identificamos como “tics» o «vicios» de la IA también forman parte de nuestra escritura? “Es muy loco que se use una IA para detectar si algo está escrito con IA”, cuestionó la usuaria @natjiushka_2 en X.

Otro factor a considerar es el idioma. Muchas investigaciones sobre detectores se han enfocado en inglés. En 2025, un equipo encabezado por la lingüista forense Sheila Queralt evaluó 180 textos en español con Originality.ai, GPTZero y Copyleaks. Analizó textos hechos por humanos, otros generados con ChatGPT, Gemini y Grok, y documentos que combinaban ambas formas de escritura.

Los tres programas cometieron errores y, en ocasiones, dieron puntuaciones elevadas a clasificaciones equivocadas. Las mayores dificultades aparecieron con los textos que mezclaban escritura humana y artificial, pues ninguno logró identificarlos de manera suficientemente confiable.

Pangram no participó en esta investigación, pero asegura que su versión 4.1, utilizada para analizar Donde el agua trabaja, tiene una tasa de falsos positivos del 0.0026% en español. Esto equivale, aproximadamente, a señalar erróneamente una posible intervención de IA en tres de cada 100,000 textos humanos. Esta cifra proviene de pruebas de la empresa con FineWeb2, una colección de contenidos de internet, por lo que todavía hay dudas sobre si el programa alcanza la misma precisión con novelas escritas originalmente en español.

Otro de los límites lo identificó Nature. La revista analizó con Pangram un artículo de Elena Vicario, directora de integridad de investigación de la editorial científica Frontiers, y obtuvo un resultado del 100% de contenido generado con IA. Sin embargo, Vicario explicó que tanto las ideas como el primer borrador eran suyos y que únicamente había utilizado esta tecnología para mejorar la redacción.

Cuando una acusación afecta una trayectoria

La polémica de Almadía tiene antecedentes en la literatura escrita en inglés, donde las sospechas sobre el uso de IA ya han provocado cancelaciones editoriales y revisiones de premios. Uno de los casos fue Shy Girl, una novela de terror de la británica Mia Ballard. Después de investigar las acusaciones, Hachette canceló su lanzamiento en Estados Unidos y retiró la edición británica, aunque no hizo públicas las pruebas que sustentaron su decisión. Ballard negó haber usado IA para redactar la novela, pero señaló que una persona contratada para editarla habría utilizado esta tecnología.

En el Commonwealth Short Story Prize, tres ganadores regionales también enfrentaron acusaciones, entre ellos Jamir Nazir, de Trinidad y Tobago, cuyo relato fue clasificado como artificial por Pangram. Sin embargo, después de revisar borradores, documentos con fechas de creación y testimonios de los escritores, la Commonwealth Foundation concluyó que no se había utilizado IA para escribir los relatos premiados y mantuvo los reconocimientos. Nazir ganó además el premio general en junio.

El nigeriano Jerry Falade también enfrentó consecuencias, ya que sus agentes retiraron su manuscrito de unas negociaciones en las que había recibido una oferta superior a 2 millones de dólares, después de que surgieran dudas sobre su autoría. La agencia tomó esa decisión porque aseguró que ya no podía comprobar cómo se había elaborado, aunque afirmó que no utilizó detectores automáticos para tomar la decisión. Falade denunció que un detector interpretó características de su inglés nigeriano como señales de IA y negó haber utilizado esta tecnología para redactar la novela.

Como consta, las acusaciones tuvieron desenlaces distintos: algunas instituciones respaldaron a los escritores tras revisar su trabajo, mientras otras retiraron libros o interrumpieron negociaciones. En el caso de Donde el agua trabaja, Almadía todavía investiga lo ocurrido, aunque las presentaciones ya fueron suspendidas. En medio de los constantes avances de la IA, quedan dos preguntas: ¿quién debería evaluar estas acusaciones y con qué conocimientos y pruebas?

El caso de la editorial Almadía pone bajo la lupa a los detectores de IA