Para Scharmer, transformar estas realidades exige trabajar no solo sobre las estructuras visibles, sino también sobre las relaciones que las sostienen, el factor invisible, el suelo social. La innovación… en otras palabras, no se enfrenta exclusivamente a un problema de miopía burocrática, escasos recursos o tecnología limitada, también depende de cómo las personas se escuchan y colaboran entre sí para resolver problemas, con la experiencia humana está al centro de todo.
Tres riesgos de la IA
Esta distinción adquiere especial relevancia en la nueva revolución digital impulsada por la inteligencia artificial. Scharmer identifica tres capacidades humanas que, a su juicio, están en riesgo en esta era: la atención, las relaciones y la capacidad de actuar.
“El primer nivel es un ataque a nuestra atención”, explica. El investigador vincula este fenómeno con los algoritmos que optimizan la interacción en las plataformas digitales y buscan maximizar el tiempo y la participación de los usuarios. A ese proceso lo denomina attention fracking, porque se trata de la explotación de la atención como si fuera un recurso. El resultado, señala, puede ser una mayor polarización y aislamiento, además de una pérdida de la concentración necesaria para el trabajo creativo. “Y si vas por el mundo y hablas con cualquier profesor en cualquier aula, es algo muy, muy evidente», apunta Scharmer. «Y los padres lo saben perfectamente.”
El segundo riesgo afecta las relaciones personales. Con la expansión de los chatbots, la tecnología ya no se limita a mediar entre seres humanos, sino que puede ocupar el lugar de un interlocutor aparentemente humano. “La IA empieza a reemplazar a las personas”, señala. Estos sistemas pueden generar una sensación de intimidad, pero Scharmer cuestiona que esa experiencia equivalga a una relación humana recíproca. La describe como una “intimidad falsa”, porque detrás de la interacción no existe otra persona que comparta la experiencia desde su propia subjetividad.
El tercer riesgo aparece con la IA agéntica, capaz de ejecutar tareas y tomar decisiones operativas en nombre de los usuarios. “Ahora la IA decide y ejecuta por ti lo que debes hacer”, afirma. En este caso, la tecnología no se limita a la atención o las relaciones, sino que suplanta nuestra capacidad de actuar deliberadamente y llevar a cabo cualquier tipo de tarea sin necesidad de intervención humana.
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Tres inteligencias para evitar la monocultura
Ante este panorama, Scharmer no propone abandonar la inteligencia artificial. Su preocupación recae en que esta se convierta en la única forma de inteligencia en la que las sociedades inviertan de manera sistemática.
“Lo que necesitamos en el futuro no son monoculturas inteligentes”, advierte. Como ocurre en la agricultura con los monocultivos, un sistema excesivamente homogéneo puede funcionar con eficiencia durante un tiempo, pero volverse vulnerable cuando cambian las condiciones, lo que deriva en su colapso.
Por eso propone cultivar otras dos capacidades.
La primera es la inteligencia orgánica, que define como una inteligencia encarnada, vinculada con las relaciones y la capacidad de comprender a otros seres humanos desde perspectivas diferentes. “Se trata de la capacidad de tener una mentalidad abierta, sí, pero también de tener un corazón abierto en cuanto a la capacidad de empatizar con otras perspectivas”.


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