
Entonces, en mayo de 2024, las IDF entraron en Rafah, la ciudad del sur de Gaza situada en el lado palestino del paso fronterizo, y tomaron el control. Egipto ya no era una vía de entrada viable para los trabajadores médicos. Ahora tenían que volar a Jordania, pasar por el puente Allenby a Cisjordania, ocupada por Israel, y luego atravesar Israel hasta el puesto de control de Kerem Shalom, también en el extremo sur de Gaza.
Nahreen Ahmed, la neumóloga de Filadelfia, había entrado en Gaza desde Egipto dos veces desde el 7 de octubre. La de 2024 fue la primera vez que accedió desde Kerem Shalom. A través de la OMS, le informaron que solo podía llevar una bolsa grande y una mochila, que primero tenía que pasar por dos capas de seguridad en Allenby. En sus bolsas metió gasas, reactivos y todo lo que oyó que sería útil. «No estoy segura de que tuviéramos permiso para hacerlo, pero desde luego no nos lo impidieron», recuerda Ahmed. No vio que los israelíes le confiscaran nada a ella ni a nadie.
Feroze Sidhwa, cirujano de California, regresó a Gaza en marzo de 2025. En su primer viaje, un año antes, entró por Rafah, donde no tuvo problemas para recibir suministros útiles. Pero en Kerem Shalom, dice, «no nos permitieron meter nada, solo efectos personales». Consciente de la grave carencia de material médico en Gaza, Sidhwa «decidió arriesgarse». Repartió por todo su equipaje medicamentos que preparó para hacerlos pasar por suyos, junto con ecógrafos portátiles que no podrían pasar, pero que los israelíes no encontraron.
Ese mismo mes, Perlmutter llevó a Ammán instrumentos de microcirugía por valor de más de 10,000 dólares, junto con antibióticos como la doxiciclina para prevenir infecciones. Lo hizo incluso después de enterarse de que no se permitiría la entrada de ninguno, y de que el descubrimiento de un contrabandista podía impedir la entrada de todo un equipo. En Kerem Shalom, los israelíes encontraron y confiscaron sus instrumentos y «contaron mis pastillas», permitiendo a Perlmutter solo lo que podía confirmar plausiblemente como suyo. Escondió antibióticos «entre mis nalgas», recuerda. «Me sentía como si estuviera llevando contrabando a una prisión».
Ahmed regresó a Gaza a finales de noviembre de 2025, un mes después de la declaración de alto al fuego. Su red de médicos internacionales le informó que los israelíes se habían vuelto «mucho más estrictos», manifiesta. Y lo que dejaban entrar parecía arbitrario: en los chats grupales circulaban historias de médicos a los que les habían permitido pasar varillas vertebrales e incluso un maniquí de RCP, pero también de medicamentos confiscados y grupos a los que se les había prohibido el paso. Cuando llegó a Allenby, un médico que llevaba tubos de ensayo y reactivos de laboratorio (que se habían permitido en viajes anteriores) “fue expulsado sin más”, agrega Ahmed.
Ahmed «estaba muy estresada», pero había venido preparada. En su viaje anterior, oyó a los palestinos pedir cosas concretas que tendría que presentar como propias. Para introducir a escondidas un iPhone y un iPad adicionales, se conectó como si fuera ella misma y creó un código de acceso, para decir a las autoridades que más tarde los revisaron en busca de fotos que eran sus dispositivos de trabajo. Baterías de nueve voltios y pequeños imanes, necesarios para alimentar equipos médicos, estaban dentro de su equipaje cuando los israelíes lo revisaron. Los implantes cocleares parecían audífonos con cables. Llevaba medicamentos autoinmunes, que necesitan refrigeración, dentro de un neceser con bolsas de hielo. Todo ello entró en Gaza sin ser detectado. «Esos suelen ser los momentos en los que muchos de nosotros nos damos cabezazos», refiere. “Del tipo: ‘Ay, caramba, esta vez solo se fijaron en las tabletas; podría haber traído diez paquetes más del medicamento contra el cáncer’”.








