
El fenómeno Alofoke frente a los Vicini, Bonetti y Pepín representa una lucha entre mundos distintos. Los primeros tienen el dinero; los segundos tienen el poder.
Para entender la diferencia, hay que analizar dos factores que el dinero por sí solo no compra y que pesan demasiado: el tiempo y la estructura.
La herencia del poder
Las élites tradicionales llevan 100 años gravitando en la política dominicana, desde la era de Trujillo, influyendo en grandes decisiones de Estado mediante ingenios, bancos y tierras. Han estado presentes durante toda la era post-Trujillo hasta el día de hoy. Por otro lado, Santiago Matías (Alofoke) tiene apenas 10 años haciendo dinero rápido. Aunque es un logro admirable, es algo que comenzó hace muy poco tiempo; no se puede comparar con un imperio consolidado. Ellos heredaron el juego del monopolio; él apenas está aprendiendo a jugar.
Estructuras vs. Plataformas
Ellos son estructuras. Poseen bancos, industrias, zonas francas y tienen una influencia absoluta. Si la República Dominicana quiebra, ellos aseguran su parte; en buen dominicano, ellos cobran la deuda.
Alofoke tiene plataformas, views y contratos, pero ellos controlan la tierra, mientras que él solo alquila la «nube».
Él es una marca personal, pero ellos son un apellido. Esa distinción abre puertas en el Palacio Nacional, en Wall Street y en el Vaticano sin necesidad de salir frente a una cámara.
La fragilidad del éxito
La marca «Alofoke» depende de que Santiago Matías esté vivo, activo y lejos de los conflictos. Si él se retira, la marca corre el riesgo de desvanecerse, al igual que ocurrió con la relevancia del Jet Set. Él es un hombre con su propio nombre; ellos son una institución, Una de sus desventajas radica en que él es competencia de sus empleados, a diferencia de la situación de otros empresarios. Una caída de él equivaldría al derrumbe de todo el sector.
Alofoke es el «tiguere» más rico del barrio.
No pretendo restarle méritos a Santiago Matías. Su ascenso económico en tiempo récord es admirable y, en muchos sentidos, es más duro que heredar.
Sin embargo, su juego es diferente: él juega a ser millonario, mientras que ellos juegan a que el país no se caiga, porque, en esencia, el país les pertenece.
Al final, todos estamos claros: los Vicini, Corripio y Bonetti son los dueños del barrio, del colmado, del banco y de la hipoteca de mi casa y de la tuya, juntas.










