De una ofensiva conjunta a objetivos divergentes. Los recientes cruces de ataques entre Israel, Irán y Hezbolá han revelado discrepancias que hasta hace poco permanecían ocultas tras una aparente coordinación estratégica. Las diferencias ya no se expresan únicamente en conversaciones privadas, sino que se han trasladado al terreno público mediante declaraciones, reproches e incluso advertencias directas.
La cuestión ya no es si existen desacuerdos entre Washington y su principal aliado en Medio Oriente: Israel, sino hasta qué punto esas divergencias pueden influir en el futuro de la guerra y en la estabilidad de la región.
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron la guerra contra Irán el pasado 28 de febrero, la imagen proyectada era la de una alianza plenamente alineada. Netanyahu defendía la necesidad de debilitar las capacidades militares iraníes, destruir sus programas nucleares y de misiles balísticos y provocar la caída del régimen de Teherán. Trump, por su parte, respaldó inicialmente una estrategia de máxima presión que parecía apuntar en la misma dirección.
Sin embargo, esa convergencia comenzó a erosionarse cuando quedó claro que la guerra no produciría una victoria rápida. La resistencia iraní, la continuidad de sus estructuras de poder y el cierre del estrecho de Ormuz transformaron una campaña concebida como una operación decisiva en un conflicto prolongado con consecuencias económicas globales.
A partir de ese momento, las prioridades de ambos dirigentes empezaron a separarse. Trump comenzó a buscar una salida negociada que permitiera estabilizar los mercados energéticos y reducir los costos políticos internos de la guerra. Netanyahu, en cambio, mantuvo la apuesta por una presión militar sostenida sobre la República Islámica y sobre los grupos armados aliados de Teherán en la región.
El peso de las elecciones en ambos lados
Las diferencias estratégicas tienen una dimensión claramente política.
Trump afronta un año electoral complejo, con elecciones legislativas en el horizonte, programadas para el próximo noviembre, y una creciente preocupación dentro de sectores de su propio electorado por la prolongación de un conflicto que contradice sus promesas de evitar nuevas guerras, como las que durante años EE. UU. ha protagonizado en el extranjero. El aumento de los precios de la energía y las perturbaciones económicas derivadas de la crisis en el golfo han añadido presión a la Casa Blanca.
Para el mandatario estadounidense, una reducción de las tensiones regionales y la reapertura completa del estrecho de Ormuz se han convertido en objetivos prioritarios.
Netanyahu se enfrenta a una lógica política distinta. Su liderazgo continúa condicionado por las consecuencias de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y por la percepción, dentro de amplios sectores israelíes, de que los principales enemigos de Israel siguen operativos. Hamás conserva presencia en Gaza, Hezbolá mantiene capacidad ofensiva y el régimen iraní permanece en pie.
En ese contexto, un acuerdo negociado sin resultados visibles podría interpretarse como una derrota política para el primer ministro israelí. La presión electoral empuja a Netanyahu hacia una posición más beligerante y menos proclive a las concesiones.
Líbano, el principal foco de fricción
Las discrepancias se han hecho especialmente visibles en torno al territorio libanés.
Mientras Trump parece dispuesto a aceptar la inclusión de Líbano en una negociación regional más amplia con Irán, Netanyahu insiste en mantener separadas ambas cuestiones y continuar la letal ofensiva contra Hezbolá hasta neutralizar completamente la amenaza que, asegura, representa para el norte de Israel. En el camino, más de 3.000 libaneses, la gran mayoría civiles, han muerto bajo el fuego israelí.
La tensión alcanzó en los últimos días un nuevo nivel cuando Israel bombardeó Beirut, pese a las advertencias públicas del mandatario estadounidense. Un hecho que causó la respuesta iraní con misiles balísticos contra territorio israelí y abrió un nuevo ciclo de escalada militar.
Según diversos reportes, Trump reaccionó con una llamada especialmente tensa a Netanyahu. El propio inquilino de la Casa Blanca reconoció posteriormente su frustración por unas acciones israelíes que, a su juicio, amenazan las negociaciones en curso con Teherán.
La frase pronunciada días después —“Yo tomo todas las decisiones, no Netanyahu”— reflejó hasta qué punto la disputa había dejado de ser privada.
Y esta semana, Trump remarcó al portal de noticias ‘Axios’ que advirtió a Netanyahu sobre una reanudación de la guerra. «Le dije: ‘Bibi, (Netanyahu) más te vale tener cuidado, o te quedarás solo muy pronto'», declaró.
Irán, el fondo del conflicto sin resolverse
El desacuerdo de fondo gira en torno al futuro de la República Islámica.
Trump parece inclinarse por un acuerdo que limite las capacidades nucleares iraníes y reduzca el riesgo de una nueva guerra regional. La negociación en curso busca evitar una escalada que obligue a Estados Unidos a involucrarse más profundamente en el conflicto.
Pero Netanyahu observa ese escenario con escepticismo. Desde la perspectiva israelí, cualquier acuerdo que permita la continuidad del régimen iraní y preserve parte de sus capacidades estratégicas dejaría intacta la principal amenaza que Israel identifica para su seguridad a largo plazo.
Esta diferencia explica por qué Washington insiste en la moderación mientras Israel mantiene abiertas varias líneas de confrontación simultáneas.
La advertencia transmitida por Trump a Netanyahu, según la cual el Estado de mayoría judía podría quedarse solo si decide reanudar una guerra abierta contra Irán, constituye probablemente la señal más clara hasta ahora de esa divergencia.
Una alianza bajo tensión y una región atrapada entre dos estrategias
Pese al endurecimiento del lenguaje, la mayoría de los analistas considera prematuro hablar de una ruptura entre ambos gobiernos.
La cooperación militar, diplomática y estratégica entre Estados Unidos e Israel sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la política regional. Además, el líder del Likud ha evitado desafiar abiertamente a Washington en cuestiones que puedan comprometer el respaldo estadounidense.
Sin embargo, el episodio actual refleja una transformación significativa. Las tensiones, habituales en la historia de las relaciones bilaterales, rara vez se habían desarrollado de forma tan pública y personal.
Las descalificaciones, las filtraciones sobre conversaciones privadas y las declaraciones contradictorias muestran una relación cada vez más compleja entre dos líderes acostumbrados a ejercer el poder desde posiciones dominantes.
La disputa entre Trump y Netanyahu va más allá de un desencuentro personal. Representa el choque entre dos cálculos políticos distintos sobre cómo gestionar una guerra que ambos ayudaron a iniciar.
Mientras el presidente estadounidense busca consolidar una salida negociada que reduzca los costes económicos y electorales del conflicto, el primer ministro israelí considera que todavía no se han alcanzado los objetivos estratégicos que justificaron la ofensiva.
Esa diferencia explica la fragilidad del actual alto el fuego y las dificultades para avanzar hacia una estabilización duradera.
Por ahora, ninguno de los dos líderes parece dispuesto a ceder completamente. Y mientras Washington y Jerusalén mantienen visiones distintas sobre el final de la guerra, el riesgo de nuevas escaladas seguirá condicionando el futuro de Medio Oriente.
Con Reuters y AP










