Aldo Ricardo Rodríguez, CEO de Lawgic, una plataforma de educación sobre inteligencia artificial en el derecho y servicios de IA legal, estaba jugando con una app que gestiona agentes de IA cuando uno de ellos decidió mandar correos desde su inbox invitando a clientes a un seminario. Rodríguez nunca le dio esa instrucción, ni le compartió la lista de contactos, ni mucho menos le había dado acceso de mandar correos, pero el agente lo hizo. Cuando las personas comenzaron a aceptar la invitación, Rodríguez se dio cuenta de lo ocurrido y corrió a apagar el incendio. “Vi el correo y estaba muy bien escrito y dije, ‘órale’, es muy interesante cómo te sorprenden”.
La inteligencia artificial agéntica, el sistema de IA capaz de tomar decisiones autónomas, está cada vez más presente en nuestras vidas. Su presencia en nuestro país sigue siendo sutil (a veces inflada por el hype), pero innegable. Más que de una cafetería operada por robots, hablamos de procesos automatizados con agentes que dan como resultado algo que vemos, leemos y, quizás, hasta algo con lo que interactuamos. A medida que se borra la línea entre el agente y el humano, en México cada vez son más las personas que experimentan con esta tecnología, sin que exista un marco regulatorio que la rija ni un conocimiento claro sobre los riesgos e implicaciones de su uso.
A Rodríguez no le espantó la decisión autónoma que tomó su agente. Aunque le dio algo de vergüenza con sus clientes, lo cierto es que lo dejó asombrado. La capacidad del agente de tomar decisiones con base en un análisis propio de su entrenamiento y configuración confirma su apuesta por el potencial de la IA de automatizar y eficientar procesos. Su socio, por ejemplo, ya opera un despacho legal exclusivamente con agentes, presume Rodríguez. Pero para entender cómo llegamos aquí hay que ir un par de pasos atrás.
La llegada de los agentes de IA a México
La fiebre agéntica llegó a México a inicios de año cuando OpenClaw, un asistente de IA de código abierto, se viralizó. Este agente está diseñado para correr localmente en tu computadora y se conecta a grandes modelos de lenguaje como GPT y Claude para que puedas comunicarte con él a través de WhatsApp y otras apps de mensajería. OpenClaw bajó considerablemente la barrera técnica de la creación de agentes y le permitió a muchos desarrolladores vislumbrar cómo los “normies”, la población en general sin una formación técnica, podrían adoptarlos. ¿Pedirle a un asistente virtual por WhatsApp que te organice un viaje, te escriba correos, mande recordatorios, se meta a tu calendario y agende citas? ¿Por qué no? Frida Ruiz, la especialista en IA mejor conocida como Frida Ruh, brincó ante la oportunidad de negocio y decidió vender agentes.
“Me puse todo un fin de semana a programar tanto la página web, la pasarela de pago, algunas automatizaciones para que se pudiera generar en cuanto la gente lo comprara y salí al mercado”, explica Ruh en entrevista. OpenClaw simplificó la creación de agentes pero no del todo. Todavía se necesita saber manejar servidores y línea de comandos para configurarlo, desplegarlo y mantenerlo de la manera más segura. Por una mensualidad, Ruh entonces se encargaba de entregar a sus clientes el agente listo para echarlo a andar.
Los primeros retos a los que se enfrentó Ruh con su emprendimiento no fueron los más urgentes, como la seguridad, sino contextuales. “A pesar de que la gente quería usarlo, de repente se quedaban sin ideas, de ‘oye, ¿y cómo lo utilizo?’, ‘¿qué le pido?’, ‘¿cómo hago que esto sea diferente a ChatGPT?’”, cuenta. Entre la falta de conocimiento de sus clientes sobre las capacidades de la IA agéntica y el aumento en el costo del poder de cómputo, Ruh pausó su proyecto hace poco. Ya no le daban las cuentas.
A nivel nacional, solo el 8% de las empresas de más de 10 empleados reporta utilizar IA, según un estudio de Centro México Digital (CMD), una asociación que trabaja en temas de digitalización. “Las empresas más grandes están mucho más digitalizadas que las empresas más chicas y la diferencia es de casi tres veces [la adopción] entre las grandes y las pequeñas”, dice Alberto Farca, co-fundador de CMD. Aún así, la adopción para muchos se hace a ciegas.











