El inesperado vínculo entre la contaminación del aire, el grosor del cerebro y el riesgo de Alzheimer

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La exposición a contaminantes comunes del aire está asociada con diferencias en el grosor de la corteza cerebral, según un estudio publicado en NeuroToxicology. Investigadores de la Universidad del Sur de California (USC) analizaron imágenes cerebrales y estimaciones de exposición a partículas finas PM2.5 y dióxido de nitrógeno (NO2) de adultos sin demencia. Según los resultados, entre las personas de edad avanzada, una mayor exposición se relacionó con una corteza más delgada. Entre los participantes más jóvenes, en cambio, los investigadores observaron una asociación con mayor grosor.

Los neurólogos ponen atención al adelgazamiento cortical porque puede reflejar pérdida o deterioro del tejido cerebral. Esta parte del cerebro adelgaza de manera natural con la edad, pero las enfermedades neurodegenerativas pueden acelerar ese proceso. En este estudio, los investigadores pusieron especial atención en cuatro regiones particularmente vulnerables a la enfermedad de Alzheimer: las cortezas entorrinal, fusiforme, temporal inferior y temporal media. En conjunto, estas zonas mostraron diferencias de grosor asociadas con la contaminación del aire.


Simulación de la corteza cerebral de un ratón.

Neurocientíficos simulan millones de neuronas para explorar cómo se propaga el Alzheimer antes de que aparezcan los primeros síntomas.


La extraña relación entre contaminación y cambios en el cerebro

Los investigadores analizaron información de dos grandes estudios estadounidenses sobre envejecimiento. El primero, el Vietnam Era Twin Study of Aging (VETSA), aportó datos de 387 hombres de alrededor de 62 años. El segundo, el Women’s Health Initiative Memory Study (WHIMS), incluyó a 1,097 mujeres de aproximadamente 78 años. Ninguno de los participantes incluidos en el análisis tenía demencia ni había sufrido un accidente cerebrovascular antes de la resonancia magnética. Los científicos utilizaron esas imágenes para medir el grosor de 34 regiones de la corteza cerebral.

Las partículas PM2.5, que suelen generarse durante la combustión de combustibles fósiles o en incendios, mostraron la asociación más extendida con diferencias en el grosor. En las mujeres mayores, los investigadores relacionaron este contaminante con un menor grosor en 23 de las 34 regiones corticales analizadas, distribuidas por los cuatro lóbulos del cerebro. En términos de grosor cortical, el efecto asociado con las PM2.5 fue comparable a alrededor de un año adicional de envejecimiento.

En los hombres más jóvenes ocurrió lo contrario. Los investigadores asociaron una mayor exposición a PM2.5 y NO2 con una corteza más gruesa en el conjunto de regiones vulnerables al Alzheimer. En el caso de las PM2.5, además, esta relación cambió conforme aumentaba la edad: el engrosamiento asociado con la contaminación disminuyó entre los 55 y los 64 años y, después de los 64, la tendencia se invirtió (aunque la asociación negativa posterior no fue estadísticamente significativa).

Cómo interpretar una contradicción

Los resultados plantean una aparente contradicción para la cual los investigadores consideran al menos dos explicaciones: que exista una trayectoria no lineal, en la que la contaminación se relacione primero con un mayor grosor y posteriormente con adelgazamiento cortical, o que el cerebro responda de manera diferente a estos contaminantes dependiendo de la edad. El estudio no permite distinguir entre ambas posibilidades.

“Nuestros hallazgos plantean la posibilidad de que los cambios cerebrales relacionados con la contaminación no sean lineales”, explicó Lauren Salminen, autora principal del estudio. en un comunicado. La investigadora subrayó que se trata de una hipótesis que deberá comprobarse siguiendo a las mismas personas conforme envejecen e incorporando biomarcadores de Alzheimer.

Si bien el estudio no permite afirmar que una mayor exposición a contaminantes aumente el riesgo de Alzheimer, tampoco aparece en un vacío científico sobre el tema. Sus resultados se suman a una creciente evidencia de que las PM2.5 se relacionan con efectos sobre la salud cerebral. Una revisión sistemática publicada en The BMJ, que reunió 51 estudios, encontró evidencia de una asociación entre la exposición a estas partículas y un mayor riesgo de demencia.

El inesperado vínculo entre la contaminación del aire, el grosor del cerebro y el riesgo de Alzheimer