En los últimos meses, varios terremotos importantes han ocurrido con relativamente poco tiempo de diferencia. Venezuela registró el 24 de junio dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 separados por apenas 39 segundos. Poco más de un mes después, un terremoto de magnitud 7.1 sacudió la región de Kumamoto, en Japón.
El 10 de agosto, la atención volvió a concentrarse en América Latina. Un terremoto de magnitud 7.4 golpeó Colombia y provocó graves daños en distintas ciudades; fue el más fuerte registrado en el país en la última década. Vistos uno después de otro, estos episodios pueden alimentar una sensación inquietante: ¿realmente está temblando más?
“Podría haber una percepción generalizada de que está temblando mucho, pero hay que pensar que la Tierra es un sistema dinámico que siempre está en movimiento”, explica Iván Granados Chavarría, doctor en sismología e investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en entrevista con WIRED en Español.
Para Granados, que varios terremotos fuertes ocurran en un periodo relativamente corto no es suficiente para hablar de un aumento anormal de la actividad sísmica. “Estamos dentro del rango normal de sismicidad de este tipo de magnitud y simplemente es una coincidencia que hayan ocurrido”, señala.
Los registros de largo plazo apuntan en la misma dirección. El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula que, desde 1900, ocurren en promedio alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o mayor cada año en el mundo. Hay años que superan esa cifra y otros que quedan por debajo, sin que eso signifique necesariamente que la actividad sísmica global esté cambiando.
No basta con contar cuántos sismos ocurren
Determinar si realmente está temblando más es más complicado que comparar el número de terremotos de un año con el anterior porque la cantidad que aparece en los catálogos históricos también depende de los instrumentos disponibles para registrarlos.
Granados explica que existen redes sísmicas globales y locales, pero su cobertura cambia considerablemente entre regiones. Países situados en zonas de alta actividad tectónica, como Japón, Chile o México, han desarrollado redes amplias de monitoreo. En otros lugares existen menos sensores y, por lo tanto, también menos posibilidades de registrar los movimientos pequeños.
“Si tenemos una zona que a lo mejor no tiembla mucho, pero no tenemos un sensor sísmico, no tenemos certeza de cuál es realmente la tasa de sismicidad que está ocurriendo ahí”, explica. “Mientras más sensores existan, se puede hacer un mejor análisis y un mejor estudio acerca de este tipo de sismicidad”.
México permite ver con claridad cuánto puede modificar la tecnología los registros. El Servicio Sismológico Nacional contabilizó 796 sismos en 1990, mientras que en 2025 fueron 40,256. La diferencia no significa que ahora tiemble decenas de veces más. Granados recuerda que las primeras estaciones utilizaban instrumentos analógicos, mientras que las redes actuales cuentan con equipos digitales y una cobertura mucho mayor que permiten registrar movimientos pequeños que antes podían pasar inadvertidos.
“Conforme tengamos más estaciones, seremos capaces de identificar sismicidad mucho más pequeña y con eso podríamos hacer un estudio mucho más completo acerca de cómo se distribuye a lo largo de todo el territorio mexicano”, detalla.















