A los sobrevivientes del doble terremoto en Venezuela no les resulta sencillo explicar cómo ocurrieron los hechos. Ante lo primero que emerge ante la pregunta por su vivencia en la tragedia del 24 de junio, las personas que habitan los campamentos intentan responder, pero no pueden: “No te lo puedo explicar”, repiten una y otra vez.
Al trauma provocado por el sismo se suma el dolor por la pérdida. Un familiar, un amigo, una persona con la que se compartía la vida cada día, un par, un colega. Son testigos y víctimas, como alguien que habló frente a las cámaras de France 24 en Español, pero que ahora ya no está porque la infraestructura del lugar donde se encontraba no soportó el movimiento de la tierra.
Algunas de esas miles de historias llegan para visibilizar el dolor. Quieren contarlo todo y lo hacen hasta donde pueden.
Una extensión de tu navegador parece estar bloqueando la carga del reproductor de video. Para poder ver este contenido, debes desactivarla en este sitio.
“Es como estar en un sueño del que quieres despertar”
Yelitza Peña es una de esas personas que no encuentra palabras para explicar el dolor que siente. Desde el refugio Campo de Gol, en Tanaguarena, en la devastada La Guaira, costa norte de Venezuela, dice que quiere despertar, que busca que no sea verdad lo que está viviendo.
Mientras ella trabajaba, su edificio colapsó con el doble terremoto del 24 de junio. Su departamento en el piso 12 registró pérdida total.
“No tenemos nada, yo perdí todo”, cuenta, y agrega que se siente insegura ante la posibilidad de volver a vivir en altura.
Al día siguiente comenzó toda una peripecia para conseguir un transporte que la regresara a su casa. Le recomendaron no ir «porque lo que va a ver no le va a gustar». Igual insistió y consiguió que un conocido la dejara cerca. Caminó 15 minutos hasta hallar su edificio colapsado.
El escenario la derrumbó, cayó de rodillas y se haló los cabellos. Un guardia la abrazó, le dijo que se quedara tranquila. Ella contestó que no podía porque no veía a su hijo ni a su esposo.
“En la tragedia, mi hijo quedó en mi apartamento. Mi esposo y mi hijo quedaron tapiados (sepultados en los escombros). Ellos se quemaron”, relata. “Yo todavía siento que estoy en un sueño. Un sueño del que ya quiero despertar, que no sea verdad. Porque esto me dejó mi alma en pedacitos”, afirma para intentar expresar algo de lo que siente en ese momento.
Dos meses después, la vida de Yelitza se aferra a su hija. “Quedamos nosotras dos solas. Es horrible porque no hay explicación”, dice, mientras da cuenta del recuerdo de su hijo: “Su hermano era su compañero. Bueno, era nuestro compañero. Él estaba con nosotras de noche”.
En medio de ese dolor, necesita su vivienda para “estar como quiera” y “salir a la hora que sea”. Dice que en el campamento la tratan bien, pero tiene que estar pendiente de sus pertenencias y compartir el baño. Además, extraña cocinar su propia comida.
Una extensión de tu navegador parece estar bloqueando la carga del reproductor de video. Para poder ver este contenido, debes desactivarla en este sitio.
Incluso, para ella su hogar representa un espacio de seguridad: “Yo anhelo tener mi casa para que mi hija se sienta más tranquila y segura. Donde podamos salir con libertad. Donde podamos ser felices”. También sueña con ese lugar para colocar los restos de su hijo, que tenía 21 años y que trabajaba con su moto, como tantos otros jóvenes en Venezuela y en América Latina.
“Desde el primer día estuve tratando de salvar a mi familia”
“No duermo”, dice Francisco Guerra, quien, además, tiene “poco apetito”. Como muchos venezolanos, no puede explicar los cambios en su vida. “Esto fue algo que no he asimilado”, esgrime.
Francisco se define como muy sobreprotector con su familia. El 24 de junio, día del terremoto, mientras trabajaba en la calle, hizo lo mismo de siempre: llamó cada 20 minutos, o media hora, a sus hijas y sus nietas. “Abuelo, ¿cuándo vas a venir a almorzar?”, le reclamaron, mientras le pedían que a su regreso llevara caramelos.
Desde el día que tembló la tierra ya no puede llamar a sus tres nietas, ni a su hija de 17 años. Tampoco a su esposa y a su suegra, que ese día se encontraba de visita.
En medio del dolor, Francisco igual intenta ponerse en el lugar de los vecinos que lo rodean. Cuenta que quedaron solos, que perdieron todos sus familiares, a diferencia de él, que aún puede mirar a los ojos a su hijo intermedio porque ese día “estaba laburando y sobrevivió”, y a su hija mayor, “la madre de mis tres nietas”, que salió corriendo del edificio y se salvó.
Leer tambiénVenezuela eleva a 6.438 los muertos por los terremotos de junio y registra un nuevo sismo en La Guaira
El día del terremoto comenzó a buscar a su familia. La comunicación que ya no logra hacer por teléfono, ahora intenta sostenerla con túneles. Cavó 14 metros por sus propios medios y dio con los cuerpos de sus seres queridos.
Los siguientes tres días se dedicó a enterrarlos y, recién entonces, se dirigió a uno de los campamentos de damnificados. Allí están todos censados, no hay lugar para él y los suyos. “Me vi en la obligación de prácticamente hacer este campamento provisional”, relata y no deja de mencionar la colaboración de sus vecinos en esos primeros días.
Una extensión de tu navegador parece estar bloqueando la carga del reproductor de video. Para poder ver este contenido, debes desactivarla en este sitio.
En el lugar, describió la situación de su refugio: “Cuando llueve, nos inundamos. Cuando pega mucho sol, nos quemamos. Nos sofocamos aquí, hay que buscar el acomodo, pues. Pero a pesar de todo, con la ayuda de los amigos y vecinos, hemos tratado de sobrevivir y, hasta ahorita, hemos sido una gran familia, como se dice”. Esta última definición, «una gran familia», no parece menor, si se toma en cuenta cómo es la vida de Francisco desde hace dos meses.
“Ellos me enseñaron que tengo que seguir adelante”
A sus 22 años, Victoria Calderón transcurre su segundo mes de embarazo. “El edificio donde vivía mi madre y mi familia, eso quedó totalmente destruido. Perdí a 23 familiares”, sostiene y da cuenta de a qué se aferra para continuar: “Ellos me enseñaron que tengo que seguir adelante. A ellos no les gustaba que yo llorara, que si les pasaba algo, no querían que llorara. Y aquí estoy, luchando”.
Cada día sufre el calor y los mosquitos que acompañan su tristeza en el campamento. Desde este refugio, puede observar su hogar derrumbado: “Ver el mismo edificio todos los días, pasar por allí y recordar a toda tu familia, todo lo que viviste allí de niña, cuando jugaba en la cancha, mi abuela me decía que si me comía el helado, el agua y ahora todo ha cambiado, es difícil”.
Enfatiza que le llevan comida, pero le gustaría poder cocinar. Por eso, no pierde la ilusión de acceder a la casa nueva que le prometió un coronel. “Llegará el momento en el que pueda vivir feliz”, se ilusiona. Pero la mayor esperanza se la da su embarazo. Dice que llegó una bendición a su vida, aunque aún no tiene un médico ni garantizada la atención para el parto.
“Esto es algo que nunca imaginé que viviría”
La casa de Arlenis Bastardo está en el sector César Nieves de Catia La Mar, en el estado de La Guaira. Su vivienda tiene el piso roto y se encuentra en evaluación desde el terremoto, aunque todas las edificaciones que están a su alrededor llevan la calificación de “rojo”.
Mientras tanto, implora que se haga una inspección de los terrenos en toda la comunidad porque clama que no saben «cómo quedaron esas casas después de ese doble terremoto”.
Leer tambiénUn mes después del doble terremoto en Venezuela: los retos a los que se enfrentan los sobrevivientes
A pocos metros del lugar se creó el campamento denominado con el mismo nombre del barrio. Hasta allí corrieron Arlenis y sus vecinos el 24 de junio para intentar refugiarse. Ahora agradece la gran cantidad de ayuda “que ha llegado de todas partes”.
Para ella, lo más difícil es perder a sus amigos, familiares y conocidos, mientras intenta seguir adelante en medio de la lluvia, el calor y el viento. La espiritualidad es un lugar importante para sostener este momento: “Que Dios nos proteja de todos estos fenómenos naturales”.
Una extensión de tu navegador parece estar bloqueando la carga del reproductor de video. Para poder ver este contenido, debes desactivarla en este sitio.
En el refugio reina un sentimiento que ella no logra terminar de explicar. Se organizan con vecinos que perdieron a sus familias. Cuenta que las carpas no se mojan, que tienen agua potable y un comedor, mientras que acceden a una lavandería, aunque por momentos no hay suministro hídrico por los riesgos que implica para las casas afectadas por el temblor. Ahora, el gran desafío es dosificar todo para que dure.
El 24 de junio, Arlenis permaneció en el interior de su casa en todo momento: “No me imaginaba la magnitud de todo esto aquí afuera porque yo vivo muy abajo. Y cuando subí aquí, cuando vi todas esas casas, me quedé impactada. Hubo una réplica otra vez, y dije: ‘No, vámonos de aquí, porque las casas se veían mal’”.
Ahora cuenta cómo llevan ese momento cada día: “A veces nos sentamos aquí y hablamos de eso. ¿Quién iba a pensar que alguien se quedó allí? La madrina de mi hijo con sus hijos, una compañera de trabajo. Mucha gente, y todavía no sé cuántos más”.
Leer tambiénEl rescatista colombiano que ayudó a buscar sobrevivientes tras el doblete sísmico en Venezuela
“No ha sido fácil vivir en la calle”
“Aquí estamos, gracias a Dios que, bueno, respiramos. Siempre le damos gracias de que estamos vivos”, dice Leomaris Reynoso. Desde hace dos meses su casa está en rojo, “totalmente inhabitable”, y se encuentra en un campamento junto a su esposo y sus dos hijos.
La situación le resulta difícil por lo distinto que parece todo con respecto a su hogar y sus comodidades. Ahora le toca lavar en la calle, convivir con el polvo constante (“las cosas se ensucian mucho”) y con el sol abrazador. En ese contexto, tiene una hija con discapacidad que sufre convulsiones cada tanto.
La pérdida de su casa le resulta “algo devastador”. Cada vez que ingresa al callejón donde se encontraba su vivienda, llora. “Nunca habíamos vivido una situación como esta. Y, literalmente, no estábamos preparados para nada de esto. Es algo increíble”, relata.
Una extensión de tu navegador parece estar bloqueando la carga del reproductor de video. Para poder ver este contenido, debes desactivarla en este sitio.
Para quienes tienen su casa en “amarillo”, existen respuestas y previsiones sobre cuándo podrán retornar a sus hogares. Pero en el caso de las familias que, como la de Leomaris, se encuentra en rojo, no hay información de posibles reubicaciones o de cuánto tiempo van a permanecer donde se encuentran ahora.
A diferencia de otros campamentos, en el refugio de Leomaris se necesita agua y comida. Subraya la caída de ayuda en comparación con los primeros días. “Les pedimos que no se olviden de Venezuela, ni de la Guaira”, reclama.













