
Borsook no tiene ninguna duda de que el disparo fue “accidentalmente intencional”, un impulso violento que escapaba del enredo del amor-odio adolescente. Ahora cuenta la historia sin autocompasión ni sentimentalismo, simplemente para explicar por qué su mente funciona así. Incluso en aquel momento, rechazó cualquier dramatismo. Fue a la cocina y se echó agua fría en la herida de la cara, les dijo a sus amigas que llamaran a la operadora y, de alguna manera, les hizo entender que era el momento de ponerse de acuerdo en sus versiones.
“Sentí la necesidad de proteger a la amiga que disparó”, explica Borsook ahora. “Sé que se arrepintió de inmediato. Y le dije que debíamos aparentar ser solo un grupo de adolescentes despistadas, en lugar de las jóvenes alarmantemente precoces y un tanto intimidantes que éramos”. Asegura que se negó a cooperar con cualquier intento de procesar a su amiga. Ambas mantuvieron una estrecha amistad durante años.
Borsook cree que fue el impacto lo que causó el daño más duradero. Los efectos no tardaron en manifestarse. “Ese disparo envejeció prematuramente mi cerebro”, contó en su presentación de “My life as a ghost”. Y añadió: “Reprobé cálculo tres veces y no tenía ni idea de por qué. Desde entonces, simplemente no he podido procesar textos de cierta densidad, como un libro de texto de geología o una opinión legal. Se me borra todo. Mi cerebro simplemente no puede procesar ni retener transacciones cuantitativas ni lenguaje de cierta abstracción, todo lo cual es necesario para funcionar como manipulador simbólico en una economía del conocimiento”.
No se trata solo de una cuestión de función cognitiva. Sostiene que su sensibilidad química múltiple de toda la vida (tan aguda ahora que ni siquiera puede usar un reloj de metal) probablemente se vio exacerbada por el disparo.
Borsook se licenció en psicolingüística en la Universidad de California en Berkeley, pero incluso entonces, comunicarse de cualquier forma le resultaba difícil, un problema que ya existía antes del tiroteo. Tanto al hablar como al escribir, tendía a ser «gnómica», «elíptica», «muy condensada» (en sus propias palabras). «No sé cómo lo aguantaban mis amigos», se pregunta. Desarrolló la costumbre, aún evidente hoy, de terminar sus frases preguntando si lo que acababa de decir tenía sentido. «Empecé a darme cuenta de que muchas de mis formas de pensar y hablar no tienen sentido para mucha gente, así que tengo que asegurarme de que lo entiendan», explica. Seguía siendo muy habladora y, aparentemente, nada parecía fuera de lugar. Pero sabía que algo fallaba en su cabeza. «Partes de mi cerebro simplemente se desconectaron para siempre», me dice. «¿Se entiende?».
El periodismo
Una de las cosas que la ayudó, curiosamente, fue la redacción técnica. “Imagínate si tuvieras las manos paralizadas”, dice, plegando los dedos frente a su cara. Así se sentía en su cabeza, con todas las palabras rígidas e inútiles. Pero la precisión y claridad que exigía la redacción técnica obligaron a Borsook a trabajar en sus frases, a flexibilizarlas, hasta que los lectores comunes pudieran comprenderlas. El material técnico ciertamente no tuvo efectos a largo plazo en su estilo de prosa: su escritura para el público general, animada y llena de neologismos del estilo late-gonzo como «el stewpido» y «nuestra fabu hiperacelerada economía bum-bum-bam«, nunca, pero nunca, fue simple. Según su explicación, el cambio fue más parecido a reconstruir un músculo atrofiado. Había rehabilitado la capacidad de hacerse comprensible para los demás. “Sentía que las cosas se destensaban”, refiere, relajando los dedos y apartándolos de su cara. “Era como la clase de aeróbic de Jane Fonda”.
Poco después, se pasó al periodismo técnico, incorporándose al equipo de la revista Data Communications. Allí conoció a Katie Hafner en 1984. Hafner había entrado como editora de noticias; Borsook era la editora de nuevos productos. El trabajo era increíblemente complejo. “Tengo que ponerte en contexto”, expresa Hafner, quien luego tuvo una destacada carrera en el periodismo tecnológico. “Paulina estudiaba psicolingüística en Berkeley. Yo estudiaba literatura alemana en la UCSD. Este tal Peter Schmader [el editor jefe] era una especie de filósofo. Las dos correctoras de estilo, Sue y Sandy, también estudiaban literatura inglesa. Y todos estábamos completamente fuera de lugar”.












