Un pueblo español esconde más de 7 kilómetros de bodegas de vino medievales que aún se usan

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Hay una ciudad entera bajo los pies de Aranda de Duero. En la superficie, la vida transcurre entre terrazas y comercios. Aranda de Duero es una villa burgalesa de unos 33.000 habitantes. A entre 10 y 12 metros de profundidad se extiende un laberinto de siete kilómetros de galerías excavadas a mano. Son las bodegas subterráneas de Aranda de Duero: 135 bodegas medievales que convirtieron el subsuelo en una despensa gigante de vino. Hoy forman uno de los conjuntos etnológicos más singulares de España.

Las cifras impresionan, pero lo que de verdad sorprende es que las bodegas subterráneas de Aranda de Duero nunca murieron. En 2015, el entramado recibió la declaración de Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Etnológico. Ese reconocimiento protege sus 135 bodegas y sus siete kilómetros de túneles. Y sin embargo, esto no es un museo. Familias y peñas de Aranda bajan cada semana a sus bodegas para comer, celebrar y brindar, como llevan haciendo ocho siglos. Pocos lugares en Europa conservan una tradición viva bajo tierra como esta.

Una despensa gigante excavada a pico y pala

Todo empezó por necesidad. En la Edad Media, Aranda de Duero creció alrededor del vino. Casi cada familia elaboraba el suyo y buscaba un lugar donde conservarlo estable todo el año. Había que protegerlo de los veranos sofocantes y los inviernos rigurosos de la meseta. La solución fue excavar. Sin excavadoras ni tuneladoras, a pico y pala y con paciencia de generaciones, los arandinos horadaron el subsuelo bajo sus propias casas. Así crearon una red de bodegas comunicadas por galerías de entre tres y cuatro metros de ancho y unos tres metros de alto. Las cubas y barricas ocupaban naves enteras.

El subsuelo de Aranda resultó ideal para la empresa. Era una capa de asperón fácil de excavar y lo bastante firme para sostener bóvedas de arco de medio punto resueltas en piedra de sillería. Y contaban con un invento clave para la conservación: las zarceras. Son pequeños respiraderos verticales que ventilan las galerías y expulsan los gases de la fermentación. Así mantienen la temperatura y la humedad constantes los doce meses del año. Gracias a ese sistema, el vino reposaba en condiciones perfectas sin importar el clima exterior.

Un detalle curioso revela lo bien pensado que estaba todo: las bodegas nunca se excavaban bajo las calles, sino bajo los solares de las casas. El motivo era práctico: evitar que las vibraciones del tránsito alterasen la maduración del vino. Los núcleos principales del entramado se concentran hoy en las calles Isilla, Cascajar, Barrio Nuevo y Los Bodegones. Muchas de las 135 bodegas están conectadas entre sí. Forman un laberinto único en Europa que la declaración de Bien de Interés Cultural protege desde 2015.

El vino que financió una iglesia

En sus orígenes, el vino de Aranda no tenía la fama que hoy distingue a los vinos de la Ribera del Duero. Pero su facilidad de transporte lo convirtió en un motor económico de primer orden. El comercio con Burgos, uno de los grandes centros de distribución de la Edad Media, trajo una gran bonanza. Parte de la financiación de la iglesia de Santa María la Real salió de las aportaciones de los productores de vino. Es el templo gótico más emblemático de la villa. El vino, literalmente, construyó la ciudad de arriba.

Hoy, los vinos de la Ribera del Duero figuran entre los más prestigiosos del mundo. Aquellas bodegas medievales son la prueba física de ocho siglos de cultura vitivinícola. Visitar la Ribera del Duero sin bajar a sus bodegas subterráneas es perderse la mitad de la historia: la otra mitad está bajo tierra.

Las peñas: la tradición que nunca se apagó

Lo que distingue a las bodegas subterráneas de Aranda de Duero de cualquier otro conjunto histórico es que siguen habitadas. La mayoría de las 135 bodegas son privadas y pertenecen a familias o a las peñas de Aranda. Estas agrupaciones festivas las usan como sede para comidas, celebraciones y reuniones. Las peñas de Aranda mantienen viva una costumbre medieval. La bodega es su segundo hogar: fresca en verano, templada en invierno y siempre con una barrica al alcance.

Durante las fiestas patronales, a mediados de septiembre, es habitual ver a los vecinos bajar a sus bodegas con amigos para compartir vino y lechazo. Y hay una norma no escrita que encanta a los visitantes: quien pregunta con educación y buenos modos suele recibir una invitación para unirse. Esa hospitalidad subterránea es parte del encanto del turismo enológico en Aranda. Aquí no se visita solo piedra vieja: se comparte una tradición que nunca se interrumpió.

Cómo visitar las bodegas subterráneas de Aranda de Duero

Varias bodegas abren al público con visitas guiadas. Como puerta de entrada ideal está la Bodega de las Ánimas, que forma parte del Centro de Interpretación del Vino. La Bodega de las Ánimas permite entender de un vistazo cómo funcionaba —y funciona— todo el sistema. Allí se ven las galerías, las zarceras, las cubas y la vida que latía bajo la ciudad.

– Patrocinado –

Para una experiencia distinta existe la visita teatralizada por las bodegas medievales. Actores que recrean personajes históricos convierten el recorrido en un viaje en el tiempo. Cuesta 10 euros para adultos y 4 para niños (menores de 3 años, gratis). Al final incluye una copa de vino con denominación de origen Ribera del Duero —mosto para los niños—. Conviene reservar con antelación porque las plazas se agotan rápido, sobre todo en fines de semana y puentes.

Baja la empinada escalera de unos diez metros hasta la penumbra de las galerías. Camina entre barricas bajo bóvedas de piedra y respira el aire fresco y estable. Es la experiencia central del turismo enológico en esta zona de Burgos. Quien prefiera empezar con calma puede pasar primero por la Bodega de las Ánimas y el Centro de Interpretación del Vino. Después podrá adentrarse en las galerías. El turismo enológico en Aranda de Duero tiene además una ventaja. Aquí la visita termina donde empezó todo: con una copa del vino que estas mismas galerías ayudaron a crear.

Aranda en la superficie: qué más ver y cómo llegar

Al volver a la superficie, la recompensa espera en la mesa. El lechazo asado —cordero lechal asado al horno de leña— es el plato insignia de Aranda de Duero. Es el maridaje natural de los vinos de la Ribera del Duero. En el centro histórico, además de las bodegas, merece la pena la iglesia de Santa María la Real, con su espectacular fachada gótica. Y un paseo por las calles bajo las cuales —literalmente— corre la otra Aranda, protegida como Bien de Interés Cultural.

Llegar es sencillo: Aranda de Duero está a unos 150 kilómetros de Madrid y a unos 80 de Burgos, bien comunicada por autovía. La oficina de turismo local informa sobre horarios y reservas de las visitas a las bodegas subterráneas. Para combinar la visita con la vida de las peñas de Aranda, la mejor época son las fiestas patronales de mediados de septiembre. Aunque cualquier fin de semana del año las bodegas subterráneas de Aranda de Duero justifican el viaje por sí solas.

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