“No hay un solo día en que no lo recuerde”: cáncer, traumas y otras heridas del 11-S, 25 años después

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“Veinticinco años es mucho tiempo, pero no hay un solo día en que no recuerde ese día”.

Joe Conzo tenía 39 años y trabajaba como técnico de emergencias médicas del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY) cuando, en la mañana del 11 de septiembre de 2001, recibió la noticia de que un avión había impactado contra una de las Torres Gemelas.

Junto a un compañero se dirigió hacia el World Trade Center, el famoso complejo de edificios en el Bajo Manhattan. Mientras avanzaban, veían como Nueva York parecía dividirse en dos: “Miles de personas salían corriendo y solo policías y bomberos iban en dirección contraria”, recuerda 25 años después.

Conzo se encontraba dentro de un edificio cuando escuchó un estruendo que comparó con el ruido de un tren. Su amigo comenzó a correr. El edificio se desplomó y una enorme nube de polvo y humo cubrió el Bajo Manhattan. Los escombros lo alcanzaron.

Lograron rescatarlo. Se limpió la cara con agua, llamó a su madre y fue en búsqueda de su compañero para ver si estaba bien.

Permaneció en la Zona Cero hasta el día siguiente, ayudando a los sobrevivientes.

Peatones observan las torres del World Trade Center tras ser impactadas por dos aviones de pasajeros, el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.
Peatones observan las torres del World Trade Center tras ser impactadas por dos aviones de pasajeros, el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. © HENNY RAY ABRAMS / AFP

Conzo salió con vida del 11-S, pero las consecuencias de aquel día tardarían años en llegar.

En 2019 le diagnosticaron cáncer de hígado. Después un segundo cáncer, esta vez de páncreas, ambos atribuidos a su exposición a las toxinas del World Trade Center. Los problemas de salud lo obligaron a retirarse.

Hoy lleva siete años en remisión y se dedica a la fotografía, un pasatiempo que aprendió de niño cuando vivía en El Bronx.

“Perdí a muchos amigos y todavía hay muchos enfermos”.

El polvo que quedó

El 11 de septiembre de 2001 murieron 2.753 personas en Nueva York. Pero la lista de víctimas siguió creciendo durante mucho tiempo.

En los 25 años siguientes, más de 9.000 personas murieron por enfermedades relacionadas con el 11-S, según datos del Programa de Salud del World Trade Center. En otras palabras, las consecuencias sanitarias de los atentados se han cobrado más vidas que los propios ataques en Nueva York.

“El 11 de septiembre no fue un evento de un solo día para nuestro departamento. Es un día que continúa enfermando a nuestros miembros”, resumió la comisionada del FDNY, Lillian Bonsignore.

Un informe publicado por el Departamento de Bomberos con motivo del 25º aniversario muestra hasta dónde llega ese impacto entre quienes participaron de las tareas de rescate y recuperación.

En total, 12.161 miembros del FDNY fueron diagnosticados con al menos una enfermedad atribuida a su exposición al World Trade Center. De ellos, 10.562 presentan al menos una afección física y 4.496 tienen alguna afección de salud mental certificada.

El cáncer es una de las secuelas más graves: 4.257 miembros fueron diagnosticados con la enfermedad y alrededor de un millar desarrolló más de un tipo.

Más de 600 integrantes del FDNY murieron por enfermedades que se cree están relacionadas con el 11-S. Se trata de muertes que no ocurrieron aquella mañana y que, en muchos casos, llegaron años o incluso décadas después.

Además, la exposición tampoco terminó con el derrumbe de las torres. Miembros del Departamento de Bomberos continuaron trabajando durante unos diez meses en la Zona Cero, entre polvo y escombros, en tareas de rescate, recuperación, atención médica y extinción de incendios.

“Parecía algodón en la boca”

Izzy Miranda era instructor en la academia de bomberos.

Al enterarse del impacto del primer avión, salió junto a otros técnicos de emergencias médicas, policías y bomberos. En medio del caos de tránsito, detuvieron un autobús, hicieron bajar a los pasajeros y lo utilizaron para dirigirse hacia Manhattan.

Pudieron llegar antes de que se derrumbara la primera torre.

“Solo se veía humo y lo que parecían papeles cayendo, pero cuando mirabas bien, era gente tirándose. El primer bombero que murió allí fue porque le cayó una persona encima y lo aplastó.

Mientras buscaba sobrevivientes dentro del edificio, escuchó algo que recuerda como un terremoto: la torre estaba cayendo.

Miranda corrió para alejarse, pero la nube de polvo lo envolvió.

“Parecía como algodón en la boca y no podía respirar. Me tiré debajo de un camión y usaba un pañuelo para proteger mi boca y nariz. Los ojos ardían”.

Unos 15 minutos después entró a un edificio para lavarse y regresó.

Un bombero pasa frente a un muro conmemorativo del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY) en la zona del World Trade Center, antes de la ceremonia por el 24º aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2025.
Un bombero pasa frente a un muro conmemorativo del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY) en la zona del World Trade Center, antes de la ceremonia por el 24º aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2025. © CHARLY TRIBALLEAU / AFP

Miranda estuvo tres días en la Zona Cero. Antes del derrumbe, cuenta, todavía sacaban a personas que trabajaban en las torres.

“La mayoría eran cuerpos desmembrados. Miraba si tenían tatuajes, una sortija o alguna joya” que pudiera ayudar a identificarlos.

También trabajó en la morgue improvisada que se instaló en el lugar.

Veinticinco años después, esos recuerdos siguen ahí. Miranda dice que están guardados como en una pequeña “cajita” dentro del cerebro.

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Las heridas que no se ven

La imagen de esa “cajita” ayuda a entender otras consecuencias menos visibles del 11-S.

“Las personas que vivieron un trauma tan de cerca continúan teniendo algún nivel de impacto y será algo que, de alguna manera, las va a acompañar por el resto de sus vidas”, explica a France 24 la doctora Paula Madrid, psicóloga clínica y forense que trabajó durante años con personas afectadas por los atentados.

Sin embargo, aclara que no significa que ese impacto tenga que ser necesariamente negativo o clínicamente relevante. Para muchos, simplemente pasa a formar parte de su historia.

Madrid habla de una “dualidad”. Por un lado está el trauma, y por otro la capacidad de convivir con él, procesarlo e incluso crecer después de lo ocurrido.

“Hay una parte muy importante que es el tema de la resiliencia”, señala. Según explica, los años posteriores al 11-S fueron también un momento de desarrollo del estudio clínico de conceptos como la resiliencia y el crecimiento postraumático.

Jugadoras del equipo femenino de fútbol de Stanford lucen camisetas de calentamiento con el mensaje “La salud mental importa” en la espalda, el 14 de octubre de 2022, en Stanford, California.
Jugadoras del equipo femenino de fútbol de Stanford lucen camisetas de calentamiento con el mensaje “La salud mental importa” en la espalda, el 14 de octubre de 2022, en Stanford, California. © Yalonda M. James, AP

El trauma tampoco permanece igual durante toda la vida, sino que «puede cambiar con el desarrollo cronológico de la persona”, explica Madrid. La manera en que se manifiesta depende, entre otras cosas, de si la persona recibió tratamiento, contó con apoyo familiar o de su comunidad o, por el contrario, fue juzgada negativamente por sus síntomas.

Con tratamiento, apoyo y una mayor comprensión de lo vivido, algunos síntomas pueden disminuir incluso hasta dejar de cumplir los criterios de un diagnóstico.

Pero hay experiencias que pueden quedarse. Una de ellas, precisa Madrid, es la llamada “culpa del sobreviviente”: preguntarse por qué uno logró salir cuando otros no lo hicieron.

“Existe y no solamente en un trauma grande como el 11-S. Es un fenómeno muy normal y muy real que se ve en la mayoría de los casos graves”.

Veinticinco años después, 4.496 miembros del FDNY tienen al menos una afección de salud mental certificada relacionada con el World Trade Center.

Una Zona Cero mucho más grande

Las consecuencias psicológicas de los atentados aún persisten entre quienes estuvieron dentro de las torres o fueron parte de los rescates.

Madrid menciona investigaciones realizadas en los años siguientes que obligaron a ampliar la idea de quién había estado realmente expuesto al 11-S.

“La Zona Cero psicológica es más extensa de lo que la gente se imagina normalmente”.

El impacto alcanzó, lógicamente, a quienes perdieron familiares, amigos y compañeros de trabajo, pero también a comunidades que podían parecer más alejadas de las Torres Gemelas. Entre ellas, los inmigrantes.

Para algunos, explica Madrid, los atentados destruyeron una sensación que había sido clave en su llegada a Estados Unidos: la idea de haber encontrado un lugar seguro.

“Estoy en un país nuevo, donde esperaba tener tranquilidad, paz, una sensación de seguridad, y ahora no existe”, describe la psicóloga sobre esa ruptura.

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Estudios realizados posteriormente encontraron entre esas poblaciones problemas de ansiedad y consumo de alcohol y otras sustancias, entre otras dificultades.

Cuando el diagnóstico llega años después

Después de los atentados, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) aseguró que, tras un “riguroso monitoreo”, el agua potable y el aire en el Bajo Manhattan eran seguros.

Sin embargo, con el paso del tiempo, miles de personas expuestas al polvo comenzaron a enfermarse.

La relación entre esas enfermedades y los atentados no fue inmediata. Algunas patologías tardaron años en desarrollarse y otras necesitaron tiempo y evidencia científica para ser oficialmente reconocidas como relacionadas con el 11-S.

Eso convirtió los controles médicos en parte de la vida de quienes estuvieron allí.

Archivo: En esta foto de archivo del martes 11 de septiembre de 2001, el fuego y el humo se elevan desde la torre norte del World Trade Center de Nueva York después de que unos terroristas estrellaran dos aviones secuestrados contra el World Trade Center y derribaran las torres gemelas de 110 pisos.
Archivo: En esta foto de archivo del martes 11 de septiembre de 2001, el fuego y el humo se elevan desde la torre norte del World Trade Center de Nueva York después de que unos terroristas estrellaran dos aviones secuestrados contra el World Trade Center y derribaran las torres gemelas de 110 pisos. © David Karp, AP

El FDNY lanzó un programa de monitoreo en octubre de 2001, apenas unas semanas después de los atentados. Un cuarto de siglo después, ese seguimiento continúa, y ha permitido salvar vidas.

Según datos del departamento, el 86% de los pacientes de su programa diagnosticados con cáncer relacionado con el 11-S seguían vivos cinco años después del diagnóstico. Su director, David Prezant, lo atribuye en parte a los controles periódicos, que permiten detectar antes la enfermedad y comenzar antes los tratamientos.

Conzo es uno de ellos. Pasaron 18 años desde el 11 de septiembre de 2001 hasta que recibió su primer diagnóstico de cáncer.

Miranda también debió enfrentarse a las consecuencias físicas de la exposición. Luego de los ataques, presidió el sindicato de técnicos de emergencias médicas, paramédicos e inspectores de incendios del FDNY y luchó por conseguir beneficios médicos para los miembros afectados.

Fue diagnosticado con apnea del sueño por problemas en las vías respiratorias y debió someterse a dos operaciones de nariz por su exposición a los químicos.

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Envejecer con el 11-S

Hay otra realidad lógica por el paso del tiempo: los sobrevivientes están envejeciendo.

Quienes tenían 30 o 40 años cuando se dirigieron a las Torres Gemelas tienen hoy 55, 65 o más. Más del 85% de los miembros del FDNY expuestos al World Trade Center ya están retirados.

El informe publicado por el departamento a 25 años de los atentados dedica parte de su análisis precisamente a esa nueva etapa.

Los atentados del 11 de septiembre dejaron casi 3.000 muertos, la mayoría de ellos en el World Trade Center de Nueva York.
Los atentados del 11 de septiembre dejaron casi 3.000 muertos, la mayoría de ellos en el World Trade Center de Nueva York. © JOHN MOORE / POOL/AFP/File

A las enfermedades respiratorias y digestivas, los distintos tipos de cáncer y los problemas de salud mental que ya se conocen se suma ahora el desafío de determinar cómo envejece un grupo de personas que atravesó una exposición de ese tipo.

Las investigaciones continúan incluso sobre posibles consecuencias neurológicas y cognitivas.

También surge una pregunta difícil de responder: cuánto de lo que aparece en esos cuerpos es producto del envejecimiento y cuánto hay en realidad del tiempo que pasaron respirando el aire de la Zona Cero.

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Para Miranda, algunos de esos recuerdos están guardados en una pequeña “cajita” dentro del cerebro.

Para Conzo no hay un solo día en que no vuelvan.

Con EFE y medios locales

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