Este domingo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, compartió en su cuenta de Truth Social varias publicaciones generadas con IA que abarcaban de lo absurdo a lo ofensivo, desde renombrar el estado de Nuevo México como “Nueva América” a una propuesta de uniformes para la Fuerza Espacial que remitía al Imperio Galáctico de Star Wars (por no mencionar otras referencias históricas). Pero una de las publicaciones que más llamó la atención era una imagen de la Luna con la leyenda “La Luna es nuestra”, acompañada por un icono de la bandera estadounidense. Pero, ¿está bromeando, cierto? Estados Unidos no es dueña de la Luna… ¿o sí?
Según muchos de sus seguidores, estas publicaciones del tipo slop son bromas provocadoras que no deben tomarse en serio. El presidente solo nos está “trolleando” porque así es su sentido del humor. Sin embargo, varios hechos recientes nos han demostrado que lo que parece ser una broma del presidente no lo es tanto, como su insistencia en anexar Groenlandia, renombrar el golfo de México como el “golfo de América”, su bullying constante de Canadá o su intención de celebrar los 250 años de Estados Unidos con un evento de artes marciales mixtas. Mientras la gente se ríe de las peculiares ocurrencias del presidente en redes sociales, este ya mandó a demoler la mitad de la Casa Blanca. Por lo tanto, hay motivo para sospechar de que Donald Trump realmente cree que la Luna es o debería ser un territorio estadounidense. Un Puerto Rico espacial.
¿Pero lo es? Hay gente en Estados Unidos que cree que debería ser así, por el simple hecho de que fueron los primeros (y hasta ahora los únicos) en pisar la superficie lunar. Cuando en 1969 Neil Armstrong plantó la bandera de su país, sin duda fue un gesto simbólico de enorme influencia en el contexto de la carrera espacial con la Unión Soviética. Pero fue solo eso: un gesto simbólico.
La Luna, tierra de nadie
Según el Artículo II del Tratado del Espacio Exterior de 1967, el espacio ultraterrestre, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, no está sujeto a apropiación nacional por reclamación de soberanía, uso, ocupación ni por ningún otro medio. Estados Unidos firmó y ratificó este tratado, junto con la Unión Soviética y decenas de otros países. El objetivo de este acuerdo internacional era el de evitar que la carrera espacial de la Guerra Fría se convirtiera en una nueva forma de colonialismo entre potencias, estableciendo que el espacio y los cuerpos celestes son “patrimonio de toda la humanidad” y deben usarse en beneficio de todos los países, sin importar su nivel de desarrollo científico o tecnológico. Entonces no, la Luna no le pertenece a Estados Unidos, no obstante el slop del presidente Trump.
Es de suponer que Washington se estuvo dando de topes en la cabeza por haber aceptado firmar este acuerdo, sobre todo ahora que la NASA busca regresar a la Luna, esta vez con intenciones de lograr una presencia sostenida en la superficie mediante la construcción de bases lunares y la consolidación de una economía lunar, para lo cual puede ser necesario hacer uso de los recursos que pueda ofrecer la Luna, como agua helada, helio-3 o los muchos minerales que hay por allá. Pero el tema de los recursos lunares es más ambiguo y disputado que la cuestión territorial.
Aunque el Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe la apropiación de la Luna como territorio, no aborda explícitamente si un país o empresa puede extraer y poseer los recursos que se extraigan de ella, lo cual ha generado un vacío legal que varios actores interpretan a su favor. Estados Unidos aprobó en 2015 la Ley de Competitividad para el Lanzamiento Espacial Comercial, que permite a sus ciudadanos y empresas poseer y vender recursos extraídos del espacio, argumentando que esto no equivale a reclamar soberanía sobre el cuerpo celeste en sí, sino solo sobre los materiales una vez separados de él (una distinción similar a la pesca en aguas internacionales).
Estados Unidos también impulsó los Acuerdos Artemisa, un marco no vinculante firmado por más de 40 países que busca establecer normas para la extracción de recursos espaciales, aunque países como Rusia y China no lo han suscrito porque consideran que iniciativas como esta violan el espíritu del tratado original de 1967.
¿Buscará EE UU adueñarse de la Luna?
¿Puede Estados Unidos retirarse del Tratado del Espacio Exterior de 1967? Sí, técnicamente puede hacerlo, ya que el propio tratado contempla este mecanismo en su Artículo XVI. Sin embargo, en la práctica esto sería extremadamente complicado y poco probable por varias razones.
Primero, generaría un enorme costo diplomático y de reputación internacional, ya que Estados Unidos fue uno de los principales impulsores del tratado (justo cuando los soviéticos tenían la delantera en la carrera espacial) y romperlo debilitaría su autoridad moral para exigir su cumplimiento a otros países como China o Rusia en temas de militarización espacial; segundo, muchas de las disposiciones del tratado (como la prohibición de armas nucleares en órbita) se consideran parte del derecho internacional consuetudinario, por lo que retirarse formalmente no liberaría del todo a Estados Unidos de esas obligaciones bajo el derecho internacional; y tercero, un retiro unilateral podría desencadenar una carrera espacial desregulada y peligrosa, incentivando a otras potencias a hacer reclamos territoriales o militares, por ejemplo, en la órbita terrestre baja, lo cual iría en contra de los propios intereses estratégicos y de seguridad de Estados Unidos a largo plazo. Existen, por supuesto, muchos otros argumentos a favor y en contra. De mucho dependará el éxito del programa Artemis para determinar el rumbo que tomará Estados Unidos respecto a este tratado.













